Siguiente paso (+18)

Este relato contiene temática adulta. Léelo únicamente si eres mayor de edad y crees que puedes darle una oportunidad. Y si no, declino cualquier responsabilidad, pues no obligo a nadie a leerlo. Con todo, espero que quien lo lea lo disfrute. Continuación del relato "El encuentro esperado", también de temática adulta.


Despertó el escritor aquella mañana de muy buen humor. Aunque claro, un mes compartiendo las noches con Emma influían en ese despertar. Se turnaban para estar una semana en cada casa, aunque la mayor parte de las veces que coincidían era durante los desayunos y las cenas. Y el sexo nocturno. El resto del día, ella acudía a filmaciones, mientras él se enfrascaba en la escritura del que quería hacer su próximo best-seller, o a alguna firma de libros por orden de la editorial. Los fines de semana estaban más tranquilos, salían a caminar, copas, comidas…

Cualquiera que les vieran en situaciones normales podría pensar que eran pareja, no se cortaban en dar muestras de afecto mutuo. Pero la ausencia de discusiones, y el hecho de que nunca lo habían hablado, rompían esa posible realidad. Y aunque a priori a él no le importaba, no podía negarse a sí mismo que con una mujer así le apetecía algo más serio. Algo sorprendente, pues pocas veces había sentido deseos de algo formal. Sin embargo, ahora era diferente.

Ese mes ya había roto su rutina. Y cambiar la rutina al lado de alguien cambia también los sentimientos. Pero no sabía qué hacer, de forma que optó por esperar un poco. Una opción un poco precipitada quizá, pues en ese momento recibió una llamada. Miró el teléfono y supo la que le iba a caer encima. A tomar por saco su rato de escritura. Pero todo fuera por una buena causa.

— ¡Buenos días, servicio de atención al cliente de Guionistar!
— ¡Menos coñas! ¡Te parecerá bonito esto!
— Amiga mía, tu cantarina voz cuando se pone en tono de bronca pierde su encanto… — le dijo, intentando distraer el tema de conversación.
— Quizá tu prosa te sirve con los demás, pero no conmigo. ¡Recibiste el premio hace un mes y no tuviste la decencia de avisarme! ¡¿Qué clase de amigo eres?!
— De los que se olvidan llamar, supongo.

Oyó un suspiro al otro lado de la línea. Sabía que tendría que haberla llamado antes. Tantos años de amistad y aún se le pasaban por alto esas cosas. Pero claro, tenía excusa.

— ¿Y ese suspiro? ¿Estás en la cama con el novio, hoy no trabaja? — le preguntó sin poder disimular el tono de risa.
— Gracioso, sabes que siempre trabaja por las mañanas y que el suspiro era por desesperación. Qué desastre eres. ¡Pero hay algo que me ofende aún más!
— Yo no he tenido la culpa, sea lo que sea — se apresuró a decir. Y era cierto, no recordaba haber hecho nada malo.
— ¡Salió en la prensa que al terminar la entrega de premios, te fuiste con Emma a su casa! ¡Con Emma! ¡Logras el sueño de tu vida y no me mandas ni un triste SMS!
— Es mucho suponer que lograse el sueño de mi vida.
— ¿No lo lograste? — preguntó ella con sorpresa.
— ¡Claro que lo logré, ya me conoces! ¡Resulta que la admiración era mutua! Así que, blanco y en botella… leche — comentó mientras tomaba un trago de zumo de naranja.
— Sí, sí, leche... nunca mejor dicho, ¿eh, bribón?

El escritor escupió el zumo por el ataque de risa que sufrió en ese momento. ¡Qué cachonda!

— Vas a provocarme la muerte por ahogamiento.
Xagerado.
— Pero bueno, me echas la bronca y tú estuviste casi dos meses sin llamarme cuando te ligaste a Grint — le recordó él, que no daba nunca las discusiones por perdidas.
— ¡Porque le conocí mientras estaba en Estados Unidos y no tenía cobertura internacional! — replicó su amiga.
— Ya, ya, excusas… que siempre el malo soy yo, y luego tú las matas callando — respondió él.
— ¿Y os va bien? — se interesó ella.
— Sí, nos va de maravilla. Un mes de encuentros y convivencia matutina y nocturna… un sueño hecho realidad — afirmó el escritor, mientras dejaba el portátil en la mesa y se tumbaba para proseguir la conversación.
— Pero apuesto a que querrías algo serio, ¿verdad? Y no me lo niegues, que te conozco — le dijo antes de que pudiera responder —. ¿Tienes ya idea qué le vas a decir?
— Pues… — el tono del escritor se amargó un poco —, si fuera para una escena de mi novela, lo vería fácil, pero si se trata de hablarlo directamente con ella…
— Ains… por mucho que te conozca ahora la gente no cambiarás nunca. ¡Llévala a un sitio romántico, un restaurante, lo que se te ocurra y pídeselo ahí!

El escritor reflexionó sobre esto. Su amiga tenía razón, seguramente, pero… nunca había estado en tal situación. Los nervios volvían. ¿Estropearía su actual relación desenfadada con Emma? ¿O lograría su objetivo?

— ¡Pero no te quedes en silencio y responde!
— Sí… sí, sí… si… si tienes razón, sí…
— Oh, te has bloqueado, ¿verdad?
— Como tu último ordenador — respondió el escritor —. Por más que lo pienso, no veo la forma de que esto salga bien si se lo comento.
— Tampoco veías posible el hecho de encontrarte con ella, y el mismo día que lo hiciste, terminaste en la cama con ella.
— … Ahí te voy a dar la razón.
— ¡Pues no seas cobarde y a por ella! — le instó su amiga.
— Te haré caso.
— Ya va siendo hora.
— Te contaré lo que ocurra. Y prometo que será en menos de un mes.
— Más te vale. ¡Cuídate!
— Y tu también. Bye!
Tras despedirse de su amigo, ella se extendió de nuevo en la cama. Giró la cabeza, y contempló el suelo, en el cual se hallaba aún el sujetador que había llevado puesto el día anterior, hasta…

Recordó entonces, recreándose en su visión, la anterior noche. La llamada de su novio, diciéndole que le esperaba en su casa. Ella se había dirigido hacia allá, sin prisas, quería verle un rato. Fue recibida con una cena romántica preparada por él mismo, pasta a las finas hierbas.

“¿No será esto muy pesado para cenar?” le había preguntado. “No pasa nada, creo que después lo podremos bajar con un poco de ejercicio” respondió él con una sonrisa de complicidad.

La cena transcurrió casi en total calma, ya llegaría un rato después el desenfreno. Se miraban a los ojos con tal intensidad que apenas eran conscientes de la comida que estaban tomando. Él, que se pasaba gran parte del día preparando su serie policíaca, se las ingeniaba para poder prepararle alguna velada especial entre semana, algo que ella agradecía enormemente.

Una vez hubieron terminado, se levantaron y se besaron. Poco a poco se dirigieron hasta el dormitorio, sin separarse. Se conocían muy bien el camino y no les apetecía dejar de besarse por algo tan trivial como ir a la cama. Aunque el deseo se lo pedía, claro.

Allí, ella se tumbó en la cama tirando de él para dejarle encima. Treparon hasta el cabecero de la cama, mientras sus labios seguían en contacto con los del otro. Sus manos se acariciaban por encima de la ropa, algo de lo que no debían tardar en deshacerse.

Intentó empezar ella, pero su novio le retuvo. “Quieta, princesa, déjame a mi”. De forma que ella se dejó hacer mientras su novio se dedicaba a quitarle el vestido negro.

Las manos de él se deshicieron de la cremallera con una habilidad casi innata. El deseo crecía a cada segundo que tardaba en quitarle definitivamente la prenda, que voló por la habitación cuando lo hubo logrado. La ropa interior también terminó al lado de la cama.

Se liberó de su propia camisa mientras iba besando a su novia desde la tripa hasta su cuello, se entretuvo besándola ahí un rato. Ella cerró los ojos. El terminó de quitarse su ropa, dejando caer su pantalón y su bóxer al suelo.

“¿Ya estás más cómodo?” “Sí, ahora viene el placer”

Tras esas palabras, el joven separó con cuidado las piernas de su compañera. Ésta se acercó a él, quien metió su miembro en el interior de ella. Ella gimió y se agarró a él, rodeándole con sus brazos. El chico hizo lo propio, y comenzó a entrar y salir de ella, lentamente.

Los gemidos no se hicieron esperar, el ritmo se aceleraba. La muchacha sintió flaquear la fuerza con la que se aferraba a él tras cada acometida. El tiempo parecía hacerse detenido para ambos.

“Eres… realmente… increíble…” alcanzó a decirle ella entre gemidos. “Sólo por ti” le respondió él. Se fusionaron en otro beso mientras la velocidad aumentaba nuevamente. El sudor recorría sus cuerpos, y el placentero calor parecía ser el único ambiente en que estaban.

Apenas un par de minutos después, ella alcanzó su orgasmo. Él se dio cuenta al notar su cuerpo contraerse ligeramente. Quiso detenerse, pero ella no le soltó, instándole a continuar. “Venga… se que estás a punto…”

Éste se apresuró entonces a continuar. Aceleró lo más que pudo, y unos momentos después, liberó su semilla en ella. Se apoyó en sus manos. Ella le soltó, dejándole salir de su interior. Este rodó hasta quedar tumbado para recuperar el aliento. La chica se acercó a él, se apoyó en su pecho, y deslizó una pierna por encima de la de él, y le acarició el torso. Éste pasó su brazo tras ella, y la abrazó. Se miraron a los ojos, sin tener que decirse nada que no supieran, hasta que el sueño por el “esfuerzo” realizado se fue apoderando de ellos.

Salió de sus recuerdos, e inspiró profundamente, muy contenta por aquello. Miró el reloj, y pensó que ya iba siendo hora de moverse.

Sin embargo, el escritor, tras haber colgado, se había sumido en trance. No hacían más que asaltarle dudas y miedos. ¿Qué le estaba pasando? ¡Era capaz de controlar esas cosas! O al menos, así lo creía. Ahora que podía abrirse la puerta a algo serio, se ponía nervioso. ¡Agh!

Sabiendo que ya podía dar la mañana por perdida (se había bloqueado y no podría escribir hasta después de bastante tiempo, terminó su desayuno, recogió y salió a la calle. Los parques le ayudaban a despejarse.

Comió ahí, y tuvo ocasión de cruzarse con un grupo de fans que les había gustado su libro. Eso reforzó su confianza. Miró la hora. Emma no tardaría en regresar, de forma que fue volviendo. Pero no. Llegó tarde, al entrar en la casa, Emma ya había llegado.

— Hola — le dijo ella, antes de besarle — No me dijiste que hoy tuvieras firma de libros.
— No era una firma de libros, necesitaba caminar. Últimamente sólo salgo los fines de semana — respondió él.
— ¿Salimos a cenar? — preguntó Emma.
— ¿Hoy? ¿No trabajas mañana? — respondió el escritor sorprendido.
— No, ha habido ciertas disputas con el guión de la película y quieren un día de margen para replanteárselo. Así que mañana, juntitos todo el día. A no ser que te estropee algún plan.
— Para nada. ¿Nos vamos, pues? — dijo él, pensando que podrían ir a algún restaurante y que el vino le ayudase a armarse de valor.

Pero no. En el restaurante, ella pidió agua, y él hizo lo mismo, en parte porque odiaba ser el único que tomara alcohol. Notaron que empezaron murmurar en las mesas de alrededor. No les importaba. Y menos a él, que en ese momento era el menos de sus problemas.

Pagaron y salieron a caminar. Ella se acercó a él, quien le pasó el brazo por encima. Ella sonrió. La confianza del escritor crecía. Anduvieron hasta llegar a la playa. Se hallaba vacía, pero la luz reflejada por la luna permitía ver. Finalmente, se sentaron juntos sobre la arena, y quedaron contemplando el mar.

— Te noto hoy como ausente — comentó Emma.
— Llevo dando vueltas a algo toda la tarde.
— La idea de que la víctima fuera en realidad un suicida que fingió su asesinato para inculpar a su jefe está bien, ya te lo dije.
— Nononono, no me refiero a la novela.

Inspiró e intentó continuar.

— Verás, Emma… hemos estado un mes conviviendo juntos, estamos según creo muy a gusto los dos… y… bueno, creo…

Apenas podía continuar. Ella se dio cuenta. Le miró y le besó.

— Tranquilo… sé lo que estás intentando decirme… — le dijo entre besos.
— ¿Y entonces…?
— ¿Crees que si no sintiera algo por ti aparte… del evidente deseo… te hubiera metido en mi cama? — le dijo ella —. Siento lo mismo por ti… y por supuesto que quiero algo formal.

El escritor se relajó a gran velocidad. Se había quitado un peso de encima. Pero entonces tuvo otro peso encima. Esta vez físico. Emma se había sentado a horcajadas encima de él.

— ¿Qué haces? — preguntó.
— ¿En serio tengo que explicártelo?
— ¿Aquí en la playa?
— No hay gente. Y no creo que te apetezca negarte.

Tenía razón. El escritor intentó echarse hacia adelante, pero ella le obligó a tumbarse bocarriba.

— De eso nada… hoy me toca a mí — dijo Emma.

Le besó mientras con las manos le desabrochaba la camisa. Él fue obediente y se dejó hacer. Desconocía esta faceta de la chica, pero tenía que admitir que le gustaba y mucho. Ella se quitó la camiseta de tirantes, e hizo lo mismo con el sujetador.

El escritor se deleitó con la imagen y la situación. Ella le agarró las manos, y las dirigió acariciándose las caderas, el vientre y finalmente los pechos. Sin palabras, suspiró. Emma parecía alegrarse con las reacciones de él, le tenía dominado en ese momento. Le quitó con cuidado sus manos y se quitó de encima de él para retirarle el pantalón.

— Estás hoy muy juguetona, ¿no? — dijo él. — Sólo lo hago con quien tengo algo serio — respondió ella, mientras se deshacía de su falda. Gateó a continuación encima de él, y empezó a lamerle por el torso al tiempo que dejaba escapar algunos grititos haciendo “miau”.

“Gatita…” pensó él sin poder evitarlo. Eso era buenísimo. Le daba ya igual si aparecía alguien por ahí. Sin previo aviso, ella le quitó el bóxer. Estaba ya bastante excitado. Ella tenía ganas de empezar la acción más completa, pero le apetecía jugar más con él, así que antes de quitarse las braguitas, le acarició el miembro lentamente con la mano derecha.

Él no pudo reprimir un suspiro de placer. Emma continuó unos momentos antes de cerrar su mano alrededor del miembro de su compañero y pasó a masturbarle. Notó que al chico se le tensaba todo el cuerpo con eso. Bien, bien, eso marchaba.

— Emma… — suspiró él.

En lugar de responderle, ella se tumbó a su lado sin detenerse, y le besó. No sabía cuánto aguantaría, pero no se podía negar a sí misma que ya quería continuar hasta el final. Pero quería que él se lo pidiera. En vista de que antes había funcionado, volvió a simular los ruidos de “gatita juguetona”, ronroneándole al oído.

— Emma… por favor…
— ¿Miau? — respondió ella sonriéndole.
— Vamos a… continuar…. Por favor.

Así lo hizo ella. Se quitó las braguitas finalmente, y volvió a situarse encima de él. Dirigió el miembro del muchacho, y lo deslizó dentro de sí misma, sin molestarse en reprimir el gemido. Puso sus manos encima del torso de él, y empezó a subir y bajar. Él no tardó en ayudarla, sosteniéndola por las caderas y manteniendo el ritmo.

La noche se llenó de los gemidos y los susurros de sus nombres. El ritmo aumentaba. Sólo sentían placer, aumentado (aunque nunca lo admitirían) por el morbo de que alguien les descubriera teniendo sexo en la playa de noche.

Aceleraron y en cuestión de minutos alcanzaron un orgasmo más poderoso que los que habían tenido hasta entonces. Jadeando, Emma se levantó para permitirle deslizar su miembro fuera de ella, y luego se dejó caer a su lado.

— Voy a decirte algo… — empezó a decir ella —, tuve que haber hecho esto hace varios días.
— Pues no me quejo del resultado… — respondió él —. Ha resultado satisfactorio.
— Desde luego… aunque yo no tardaría mucho en recoger…
— Cierto… sobre todo porque la noche es joven y mañana no hay nada que hacer… podemos hacer más ejercicio… cariño.

Se sintió raro utilizando esa palabra con Emma, pero ella se limitó a sonreír y abrazarse a él de nuevo. Había salido bien. Y eso le hacía sentir eufórico.

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