Premiere (+18)

Este relato contiene temática adulta. Léelo únicamente si eres mayor de edad y crees que puedes darle una oportunidad. Y si no, declino cualquier responsabilidad, pues no obligo a nadie a leerlo. Con todo, espero que quien lo lea lo disfrute. Continuación de los relatos "El encuentro esperado" y "Siguiente paso", también de temática adulta.


—Bueno… menos mal que hemos llegado ya a la habitación…
—¡Deja de quejarte, bobo! ¡Como si no te lo pasaras bien! —le regañó Emma.

Los dos se hospedaban en una de las habitaciones más lujosas del Hilton en Nueva York. Se había presentado ahí la premiere de una nueva película de Emma, y por supuesto, ambos habían sido invitados.

—No digo que no me lo pase bien. ¡Pero esto de pasarme la gala vestido como si fuera un pingüino…! ¡Odio los trajes!
—Ve desnudo. Nadie te lo impide —bromeó ella.

Él suspiró. Se tumbó en la cama, y le dijo:

—Emma, no lo digo porque me queje de esto. Es algo por lo que muchos matarían. Simplemente que llevamos varios fines de semana moviéndonos de un lado a otro, estoy agotado, y el tiempo que tenemos para estar juntos se nos va en planes, o nuestros, o de los equipos de rodaje. Y en un par de horas, tenemos la premiere.
—Ya, en eso tienes razón…

Ella se dio la vuelta, y empezó a cambiarse de ropa. Él se puso en pie, se acercó, y la rodeó con sus brazos.

—De todas formas… estamos en el Hilton… y no es cuestión de desaprovecharlo… —empezó a besarla el cuello.
—Mmmm… —suspiró ella—. Sabes que si me provocas…
—Tranquila, gatita —respondió él, poniendo énfasis en la palabra ‘gatita’—, vamos a ir a la premiere, luego un rato en la fiesta… y cuando subamos, que nos tengan preparado el jacuzzi. Prometo no quejarme hasta que estemos de vuelta.

Emma asintió y él se separó, antes de que sus instintos salieran a la luz y llegaran tarde. Abrió su maleta, y sacó el traje que se había comprado para la ocasión. Se aseguró varias veces de haber quedado “impoluto” antes de dar el trabajo por concluido. Miró a Emma. Un vestido rojo brillante y ceñido.

—Soy un tío con suerte —comentó.

Salieron de la habitación y llegaron al hall. Ahí les estaba esperando un chófer, que les condujo en la limusina hasta AMC Loews Lincoln Square, donde se emitiría la premiere. Al salir de la limusina, Emma le cogió de la mano, para asegurarse de que él no huyera hacia dentro, y posaron para la prensa antes de entrar.

—Esto de posar… —comentó el por lo bajini cuando estaban dentro— sabes que no es lo mío.
—Me dijiste que no ibas a protestar —le dijo ella sin cambiar su expresión mientras se dirigían con el resto de invitados a la sala IMAX.
—¿Yo? ¿Cuándo? —respondió él haciéndose el loco.
—Calla —dijo ella, y le besó en medio del pasillo.

Llegaron, y esperaron unos minutos a que el resto de invitados llegaran. Ocuparon unos asientos de la mitad izquierda de la sala, y pocos minutos después, los fans que habían logrado invitaciones se fueron sentando en los asientos asignados. Más de uno se acercó a los invitados a pedir autógrafos, y Emma firmó unos cuantos. A él, unas fans desbocadas estuvieron a punto de desmayarse cuando le pidieron hacerse una foto con ellas.

—Nunca entenderé este fanatismo… —dijo él—. Ni que yo fuera un ser de otro mundo.
—Cuando una de ellas se salte todos los sistemas de seguridad para pedirte matrimonio, hablamos —rió Emma.
—Rick Castle llevaba mejor que yo lo de escritor famoso.
—Pero él no tendría tantas opciones conmigo como las tienes tú.

Menos mal que en ese momento nadie les miraba, pues él se había puesto rojo. No tardaron en apagar las luces, y empezó la emisión. La verdad, tenía una novia guapa y con talento, pensó mientras veía la película. La vida le sonreía.

Tras la película se dirigieron de vuelta al Hilton. Allí pasaron al reservado donde se reunieron con el resto de reparto y estrellas invitadas. Algunos eran majos. Otros, el escritor pensaba en ponerles en algún relato y matarles de alguna forma cruel y dolorosa.

A las dos de la madrugada, la gente empezó a recogerse. La parejita se despidió y se dirigieron al ascensor.

—Ha estado bien, ¿verd…? —empezó a decir Emma, pero fue acallada por un beso.

El escritor la llevó hasta la pared del ascensor y tanteó con la mano para pulsar el botón que les subiría a su planta.

—Llevaba toda la noche esperando esto… —susurró él.
—Qué efusivo… pero… ¿tendrás fuerzas para aguantar? —provocó ella.
—Por supuesto… me he estado reservando… ¿un jacuzzi? —le preguntó sugerente.

Ella asintió. Sonrieron pícaramente. El ascensor se detuvo en su planta. Se apresuraron en llegar a su habitación. Sacaron la llave antes de estar frente a la puerta. Entraron, cerraron, y se echaron en la cama. Se besaron por unos minutos.

—Habíamos dicho que jacuzzi… —le recordó ella.
—Cierto —concedió él. La sostuvo entre sus brazos y abrió la puerta contigua, donde estaba el jacuzzi.

Ahí se desnudaron y entraron al agua. El servicio de habitaciones lo había regulado a la perfección.

—Te tengo dicho que no hay vestido que te haga justicia —le comentó él cuando la contempló desnuda.
—Bobo… —rió ella poniéndose roja.

Se metieron en el jacuzzi, él se apoyó en la pared, y ella se acomodó en el pecho de él. Ronroneó y movió ligeramente su cabeza, como si le acariciara con su rostro. Él empezó a acariciarla, desde su cabeza hasta sus nalgas, pasando lentamente por su espalda. Le gustaba aquel juego. Ella se subió encima de él, y empezó a lamerle el cuello. Él se dejó resbalar un poco.

—Mmmmm… podríamos haber subido antes… —susurró.
—Impaciente… —le dijo Emma.

Se besaron de nuevo. La excitación empezó a crecer.

—Bueno, creo que “algo” se ha despertado, ¿no? —bromeó la chica.

Una mano recorrió el torso del escritor hasta llegar a su miembro. Lo acarició levemente por unos momentos, antes de cerrarse alrededor y empezar a masturbarle despacio. El cuerpo del chico se tensó por unos momentos.

—¿Aún te pones así cuando hacemos esto? —le preguntó.
—A lo bueno se acostumbra uno rápido, pero esto es superior…

Él empezó a acariciar las piernas de Emma. Empezó masajeándole la parte externa del muslo, y poco a poco se deslizaron a la parte interna. Ahora ella también temblaba cuando una de las manos de su pareja se acercaba a su intimidad. El escritor la dedicó una pervertida sonrisa antes de introducir un dedo en el sexo de su compañera.
Ella cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Se detuvo un momento mientras sentía que el dedo del chico se movía dentro de ella. Qué bueno era aquello. Volvió a masturbarle, y apoyó su cabeza en el hombro de él mientras proseguían por unos minutos, víctimas de su propia pasión.

—¿Alguna vez lo has hecho dentro de un jacuzzi? —le preguntó él.

Ella negó con la cabeza. Sonrieron, sabían lo que iba a suceder.

El escritor se echó hacia adelante un poco. Sostuvo a Emma por la cintura, y la ayudó a colocarse. Lentamente la hizo bajar, y su miembro se deslizó limpiamente dentro de ella. La chica cerró sus piernas alrededor de la cintura de él.

Empezaron a moverse. Él la rodeó con sus brazos, y empezó a levantar y bajar su cuerpo, lentamente. La sensación era muy excitante. Sus cuerpos unidos, pegados entre sí, con el agua y las burbujas al mismo tiempo. Una relajante pasión.

El ritmo se acentuaba progresivamente. Ambos estaban lo suficientemente calientes como para terminar en cualquier momento. Aún así, ambos se resistían a alcanzar su orgasmo. Aquel cúmulo de sensaciones era maravilloso, y ninguno quería que terminara. Los jadeos empezaban a llenar la estancia.

El escritor separó levemente su cuerpo del de ella y puso sostenerla mejor, aumentó la velocidad de las acometidas. Sabiendo ambos que el clímax era inminente, ambos dejaron de contenerse, y un par de minutos después, estallaron en el placer del orgasmo.

Lejos de separarse, ninguno de los dos se movió. Se abrazaron mientras retomaban fuerzas.

—Ha sido… lo mejor… —comentó ella.
—Realmente excitante… —respondió él.

Cuando estuvieron en condiciones, se separaron y se fueron a la cama. No de daban cuenta de la hora que era. Sin embargo, aunque ambos aún estaban un poco cansados, sabían que aún tenían tiempo. La noche es joven.

Se tumbaron. Esta vez fue él quien se puso encima de ella. Se apoyó sobre sus manos y empezó a recorrer el cuerpo de ella con sus labios, saboreando cada poro de aquella piel que le hacía perder la cabeza.

Descendió lentamente hasta sus pechos, lamiéndole un pezón con exquisita y dolorosa lentitud. La tenía a su merced en ese momento. Continuó bajando por sus curvas, hasta llegar a su sexo.

Con mucho cuidado, le separó las piernas, y acarició el exterior rosado con un dedo. Ella gemía. Se había puesto colorada. No era lo mismo que lo hiciera con el agua del jacuzzi tapando que pudiera observarla.

Él sonrió, antes de deslizar su lengua en la intimidad de la chica, quien dio un respingo. Él lo ignoró y prosiguió, moviendo su lengua libremente pero despacio en su sexo. Emma empezó a sentir escalofríos. Olas de placer invadían su cuerpo.

Continuó durante varios minutos, hasta que ella le indicó que se detuviera. Él se retiró, y pudo contemplar el sudoroso cuerpo de ella. Su temperatura había aumentado con lo que él le había hecho, y ahora se hallaba jadeante.

—Te superas… cada día… —le susurró.
—Eso es porque despiertas en mí todos los deseos tenidos y por tener —le respondió él.

Ella sonrió. Se sentó enfrente de él, y tomó su miembro con ambas manos. Lo acarició y masajeó cuidadosamente hasta hallarse totalmente erecto, momento en el lo lamió con su lengua desde la base hasta la punta.

El chico notó una ola de placer, pero no fue nada comparado a lo que sintió cuando ella cerró los labios alrededor de su miembro y empezó una extremadamente lenta felación. Se tumbó para tener más libertad de movimientos mientras proseguía esa, según sentía él, deliciosa tortura.

Notando que no le iba a quedar mucho para venirse, la hizo detenerse.

—¿Lista para el round final? —le dijo.

Por toda respuesta, ella se tumbó de espaldas y separó sus piernas, invitándole a continuar. Él dirigió su miembro al sexo de su compañera, y empezó a penetrarla a buen ritmo. Ninguno se contenía ya. No iban a tardar en correrse, y ya se habían torturado bastante mientras se hacían esperar.

El ritmo creció hasta que ambos alcanzaron su segundo orgasmo, acompañado de sendos gritos de placer. Él salió de ella y se tumbó a su lado. No tenía energía para moverse de allí.

—Espero… que no vuelvas… a quejarte… si nos invitan a venir… a otra premiere… —le dijo ella.
—Para nada… —respondió él—. Lo mejor… es que aún tenemos… hasta mañana por la mañana…
—Oh, ¿crees que tendrás fuerzas? —bromeó ella.
—Contigo, siempre.

Comentarios