El viaje (+18)

Este relato contiene temática adulta. Léelo únicamente si eres mayor de edad y crees que puedes darle una oportunidad. Y si no, declino cualquier responsabilidad, pues no obligo a nadie a leerlo. Con todo, espero que quien lo lea lo disfrute. Continuación de los relatos "El encuentro esperado", "Siguiente paso", y "Premiere", también de temática adulta.


—¡Vaya viaje! ¡Se me ha hecho eterno!
—No han sido ni dos horas —se exasperó Emma—. Pórtate bien o no te vuelvo a sacar de casa —bromeó.
—Lo quiero por escrito. Además, fui yo quien te dijo de venir a pasar las navidades en tu país natal.

Ambos recorrían la terminal de París-Le Bourget arrastrando las maletas. A él nunca le habían gustado los viajes en avión, pero había querido tener un bonito detalle con su pareja. Y algún otro que aún se guardaba en el bolsillo.

—Claro. Qué casualidad que tu próxima novela esté ambientada en Francia, ¿eh?
—Me gusta ser profesional y ver en persona los lugares que describo. En coche.

Tomaron un taxi y se dirigieron al hotel. La verdad, la ciudad iluminada por las luces de noche estaba preciosa. Pero no tanto como su Emma. Debía mantener el mismo comportamiento hasta que pudiera llevar a cabo su plan para mantener la sorpresa. Podía salir mal. Sólo habían sido unos meses, de todas formas. Pero debía hacerlo.

Tardaron poco más de media hora en llegar al Grand Hotel du Palais Royal, donde habían reservado estancia durante una semana. Subieron de inmediato a la habitación, y sin molestarse en deshacer las maletas, se metieron en la cama.

—Buenas noches —le dijo ella.
—Pero, ¿ya vas a dormir? A mi me apetecía otra cosa… —se acercó a ella, pero la chica no estaba por la labor. No tan fácilmente.
—Eras tú el que estaba “cansadísimo”, “agotadísimo”, porque “mira que viaje tan largo, y cuando lleguemos me voy a dormir”…
—Eso está sacado de contexto.
—Y con el viajecito que me has dado, ¿crees que lo mereces? —bromeó ella.
—Venga, no seas así… te prometo que mañana seré un niño bueno —dijo él en tono infantil y acercándose más a ella.
—Eres muy persistente… —le dijo ella, que sabía que no iba a poder resistirlo mucho, una parte de su forma de ser que le encantaba.
—Es el efecto que provocas en mi…

Se besaron, y él se subió encima de ella…

A la mañana siguiente, disfrutaron de un opíparo desayuno antes de dirigirse al Louvre. Era parada obligatoria para él, ya que además le interesaba conocer la estructura del museo para una escena de un robo. Ella, por su parte, quería disfrutar de las obras de arte. Antes de salir, él corrió de vuelta a la habitación. Cuando bajó, Emma le preguntó:

—¿Dónde estaba el fuego?
—Se me había olvidado la cámara.
—Sabes que está prohibido tomar fotos en el museo, ¿verdad?
—No me interesa fotografiar nada que no esté en el museo.

Ella no entendió hasta que salieron de allí. Su novio estaba más optimista y alegre que el día anterior, e insistía en fotografiarla por todas las calles que pasaban.

—¡Ponte ahí, ponte ahí!
—¿Quieres hacer el favor de parar? ¡Qué vergüenza! —dijo ella tapándose la carita.
—¿Tú, vergüenza? ¿Qué llevas desde niña haciendo cine? —bromeó él—. ¡Qué mona, cómo te pones colorada!

Ella miró hacia otro lado, con fingido gesto de enfado. Él se acercó a ella y la abrazó.

—Venga, ya paro. Vamos a disfrutar de esas obras de arte… a las que tú podrías pertenecer.
—A veces me pregunto si me dices todo esto para ponerlo en tus novelas —dijo ella con un puchero.
—Bobadas. Creo que ya llegamos, ¿no? —dijo él. Desde allí ya se vislumbraba parte del palacio de Louvre, donde se hallaba el museo.

Entraron, y él tuvo que contenerse. En los pasillos únicamente resonaban los pasos de los visitantes. Pasaron por delante de cuadros como “La Coronación de la Virgen”, “La Virgen de las Rocas”, “El patizambo”, y también antigüedades de Mesopotamia.

—He aquí el cuadro más conocido del mundo, “La Gioconda” —dijo él en tono solemne—. Podemos irnos, la tengo vista hasta en camisetas.
—Oh, mon dieu —dijo otro de los visitantes—. Vaya un obsegvadog de agte más cutge… ¡despgeciag ese cuadgo! Ce n’est pas possibl…! —cuando el escritor y la actriz se giraron, les reconoció—. No me lo puedo cgeeg… qué decepción.
—¿Si le firmo un autógrafo nos deja en paz? —preguntó Emma.
—… … … Oui. Merci.

Tras la visita al museo, fueron a comer a un restaurante de la zona. Mientras disfrutaban del momento, él recibió una alerta en su teléfono. Dado que tenían la norma de no mirar los teléfonos durante las comidas, tuvo que excusarse para ir al baño y allí mirarlo. La alerta le sube el ánimo. Su plan puede llevarse a cabo. Muy contento, salió del baño y volvió a la mesa.

Pasaron la tarde paseando por las calles de París. A la caída de la noche, habían llegado a la altura de la Torre Eiffel.

—Hemos dado mucho rodeo para llegar —bromeó ella—. Una lástima que no se pueda subir.
—Ah, ¿no se puede? —preguntó él—. Espera, que pregunto.

Fue hacia los guardias de seguridad. Emma pensaba que se iban a meter en un lío, pero para su sorpresa, no fue así. La llamó agitando la mano y se acercó. Montaron en el ascensor para subir. Estaba nerviosa, sólo de niña había subido una vez a la torre.

Cuando llegaron arriba, sin embargo, se topó con una sorpresa. Algo que no estaba allí la primera vez que subió. Una gran alfombra roja que conducía a una mesa, cercana al extremo de la Torre. Se acercaron, y contemplaron la inmensidad de la ciudad. Impresionante. Un ruido detrás les hizo girarse. Varios camareros ponían la mesa, y acercaban otra mesa con la comida. Él les agradeció el trabajo, y extendió un talón. Una vez pagados, los camareros les dejaron solos.

—Es curioso como el dinero mueve a la gente, y da permiso para saltarte algunas normas —comentó—. Y bueno, sé que es un poco pronto, pero… ¿cenamos?

Emma asintió y ocupó su asiento mientras él servía los platos. Luego llenó con generosidad dos copas de vino, se sentó y brindaron.

—Tú no me engañas —le dijo ella con una sonrisa—. Estoy segura de que planeaste esto antes de nuestra llegada.
—Culpable —rió él—. Tengo mis contactos. Y creo que ha merecido la pena el esfuerzo.

Brindaron. La cena estaba suculenta, y Emma había quedado gratamente sorprendida por el plan de su novio. Quién lo hubiera dicho, con el poco entusiasmo que había tenido al principio. Cuando terminaron de cenar, se levantaron de la mesa y volvieron a mirar el hermoso panorama.

—Muchas gracias por esta velada… de verdad, no me lo esperaba —le dijo.
—Y aún hay algo más —dijo él. Sacó el teléfono del bolsillo, dio un par de toques, y empezó a sonar un tema precioso por unos altavoces.
—¿Pero qué…?
—Emma, yo… —empezó él—, sé que apenas llevamos unos meses juntos… pero me he dado cuenta de algo. Eres una mujer maravillosa. Y eres con la que quiero pasar el resto de mi vida —se sacó una cajita del bolsillo, y lo abrió. Un anillo de diseño reposaba en su interior—. ¿Quieres casarte conmigo?

La chica se quedó sorprendida. Tardó unos segundos en asimilar la situación. Él no había variado la expresión de su cara, aunque por dentro se encontraba más tenso que nunca. Era el momento decisivo. Dos lágrimas cruzaron la cara de Emma y una sonrisa. Asintió varias veces, incapaz de articular palabra, presa de la alegría.

Besó a su, ahora, prometido, y éste correspondió, lleno de alegría. Había funcionado, había logrado su meta máxima. Daba igual lo que ocurriera después, consideraba que ya estaba en el punto álgido de la felicidad.

El ímpetu que puso Emma al besarle hizo que finalmente, el chico perdiera el equilibrio y cayera hacia atrás. No fue un golpe importante, además de que la alfombra le sirvió para amortiguar.

—Madre mía… qué pasional… —jadeó él cuando Emma le dio un respiro.

Pero no le dio tiempo a decir nada más, ya que Emma volvió a abalanzarse sobre él, besándole como si intentara borrarle los labios. Deslizó una mano bajo la camisa del chico para acariciarle.

Cuando separó sus labios de los de él, se quitó de inmediato el jersey marrón que llevaba. Él no daba crédito a lo que veía. Ella empezó a besarle por el cuello, y le desabrochó un botón de la camisa. Bajó sus labios hasta ahí, y le desabrochó otro botón. Continuó desabrochándole y besándole, moviéndose de forma sugerente, hasta que le quitó la prenda.

Se quitó el pantalón con velocidad, impidiéndole que se moviera. Le desabrochó el vaquero y tiró un poco hacia abajo, sin llegar a quitárselo por completo. Le bajó el bóxer y liberó su miembro. Empezó a masturbarle hasta que estuvo completamente erecto, algo que no le llevó mucho tiempo.

Él no se creía lo que estaba ocurriendo. En la misma Torre Eiffel… Si él la había sorprendido con su petición de matrimonio, este ataque repentino de placer le había dejado bloqueado. Maldición, quería que parase… que parase y se pusiera ya encima suya. Algo debió reflejarse en su cara en ese momento, pues ella cedió a su deseo no formulado.

Emma se quitó las braguitas y se colocó sobre él. Con una pícara sonrisa, bajó su cuerpo, permitiendo que el miembro de su prometido se hundiera en su sexo. Un ligero alivio sintió él, momento en el que la sostuvo por las caderas y la ayudó a subir y bajar. Estaban solos, y sería raro que les interrumpieran o alguien apareciera, de forma que no se molestaron en bajar la voz.

Gemían y jadeaban sin control a la luz de la luna. Sus orgasmos estaban cerca, y el ritmo aumentaba a cada segundo que pasaba. Ambos estaban poseídos por la lujuria y el amor que sentían. Culminaron al mismo tiempo, gimiendo el nombre del otro.

Emma se dejó caer al lado del chico, y éste la envolvió entre sus brazos.

—Creo que entiendo por qué no dejan a la gente subir a la torre… —comentó él— ¿crees que habremos sido los primeros en… manifestar su amor aquí arriba?
—No lo sé… pero sí los que más lo han disfrutado. Y los más felices —repuso ella con una sonrisa y pegándose más a él—. No me esperaba que fueras a sorprenderme con algo así…
—Ni yo que me asaltaras de esta forma —dijo él—. Ahora con más motivo tengo que conocer a tus padres cuando vayamos.
—¿Les vas a decir “un placer conocerles, anoche me lo monté con su hija en la Torre Eiffel”? —bromeó Emma.
—Qué graciosa —dijo él, sin poder contener una risa—. Pero imagínate… les llamaste diciéndoles que les ibas a presentar a tu novio, y ahora soy… tu prometido.
—Me gusta cómo suena eso… —murmuró ella, mientras se distraía desabrochándole la camisa—. Y ahora en serio, ¿se te ocurrió sólo? ¿O te ayudaron? —le preguntó acariciándole el pecho.
—Perdona, bonita —dijo él, y la besó—. Soy escritor profesional —otro beso—. Imaginación me sobra —otro beso—. Y tú —beso— eres —beso— la musa —otro beso— que desborda mi imaginación. Debía ser algo tan especial como esto.

Se rió. Le encantaba cuando él se ponía en ese plan.

—Eres un exagerado…
—Cierto —concedió él—. Lo soy. Pero esto lo digo totalmente en serio. Para mí, eres “La Mujer”, la única que existe.
—Es esto lo que me enamoró de ti —dijo ella, besándole nuevamente.

Él correspondió el beso, y continuaron ahí quietos un rato largo. Al cabo de unos momentos, él se levantó y la ayudó a incorporarse. Volvieron a mirar la inmensidad de la ciudad. Él la abrazó por la espalda, y empezó a darle besitos por el cuello.

—Vas a conseguir que me encienda… —dijo ella en un tono muy insinuante.
—¿Y por qué crees que lo estoy haciendo? —respondió él.

Ella sonrió y se dejó hacer, no hubiera podido resistirse a él aunque hubiera querido. Él empezó a acariciarle por el vientre con la yema de sus dedos. Subió su mano, y empezó a rozar su cuerpo desde el cuello, pasando por sus pechos, hasta su vientre de nuevo. Lo repitió varias veces.

Emma empezaba a impacientarse. Pero él no era tan benévolo como ella, le gustaba hacerla sufrir un poquito. La acarició las caderas y continuó hasta que ella se dio la vuelta y le pidió:

—Por favor…

Él la acalló con un beso y luego, atacó con su lengua los pechos de su prometida, que echó la cabeza hacia atrás. Soltó un gemido cuando empleó también los dientes para jugar con sus pezones. Pero sabía que no iba a tardar, pues el chico entrecruzó una de sus piernas con las de ella, para hacerla que las separase.

En un momento, se deshizo del pantalón y el bóxer, con la erección a punto para tomarla de nuevo. La sostuvo por las caderas, y deslizó su miembro dentro de ella. La chica gimió, y cerró sus piernas a su espalda. Se agarró también con sus brazos, y él empezó a entrar y salir de ella a buen ritmo.

Si se lo hubieran sugerido, no se lo hubieran tomado en serio. Y ahí estaban, montándoselo justo en ese lugar, sin importarles el ruido, sin importarles si alguien subía a limpiar, sin importarles nada que no fuera la otra persona, la sincronía que tenían en el acto sexual.

Él la penetraba cada vez más rápido, y ella sentía olas de placer recorriendo cada poro de su cuerpo. Si por ellos hubiera sido, ese momento nunca hubiera terminado. Y aunque no fue así, ambos llegaron a su respectivo orgasmo con plena satisfacción.

Salió de ella, y ambos se detuvieron a retomar el aire. Él no pudo evitar pensar algo. Si así era la vida de soltero con ella, ¿cómo sería después de casados?

Comentarios

  1. USUARIO GRITÓN RETURNS22 de diciembre de 2013, 22:55

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