La boda (+18)

Este relato contiene temática adulta. Léelo únicamente si eres mayor de edad y crees que puedes darle una oportunidad. Y si no, declino cualquier responsabilidad, pues no obligo a nadie a leerlo. Con todo, espero que quien lo lea lo disfrute. Continuación de los relatos "El encuentro esperado", "Siguiente paso", "Premiere", "El viaje" y "Preparativos" también de temática adulta. Capítulo final.


Inspiraba profundamente mientras se ponía el traje. Tras varios meses, aquel primaveral día era el elegido. Se casaba. Parecía mentira cómo había cambiado su vida en los últimos meses, y si le hubieran dicho, un año antes, lo que iba a ocurrir, probablemente no se le hubiera ocurrido.

Milagrosamente, había encontrado fecha para la boda y el banquete en una fecha muy especial. Aquel día se cumplía un año desde que había conocido a Emma. Y ahora...

—Eres afortunado, amigo —se dijo, mirándose al espejo—. Ćalmate.

Aunque había una vocecilla en su cabeza que le hacía dudar. Se imaginó que le ocurría a todo el mundo, claro. Las “dudas prematrimoniales”. Pero no entendía por qué. Sabía que la quería, y de hecho, él había sido quien la había sugerido lo de casarse.  “Pero, ¿y si no sale bien? ¿Y si termináis en los juzgados y la prensa amarilla se vuelca con vosotros? ¿Y si...?”, la vocecilla no se callaba, y él empezaba a desesperarse mientras intentaba atarse la corbata. “Todavía me ahorco con ella”, pensó.

—¡Señor! —dijo un empleado del hotel llamando a su habitación—. El coche se encuentra ya abajo.
—¡Un momento! —respondió él.

“¡Bah, paso!”, se decía mientras dejaba la corbata sobre la cama. No le hacía falta. Camisa blanca, chaqueta azul marino oscura, pantalón negro, y zapatos relucientes. Y una mujer maravillosa esperando en la iglesia. Se peinó con un par de pasadas con el peine, guardó su teléfono en el bolsillo, y salió de la habitación a buen paso.

El coche no tardó más de media hora en dejarle frente a la majestuosa catedral de Notre Dame, que se alzaba ante ellos como un gigante de piedra. Bajó del coche, y sintió que le flaqueaban las piernas. La madre de Emma, elegida como madrina, le esperaba en la puerta. Llegó hasta allí, saludó a su padre, que esperaba la llegada de la novia, y entró en la iglesia.
El camino por el pasillo se le hizo largo. Decidió mirar únicamente al frente, ignorando a las muchas personas que habían invitado. Por favor, sólo quería llegar a los “sí, quiero” ya. Diez minutos después, empezó a sonar la música. Se dio la vuelta, mientras los invitados a la boda aplaudían a la llegada de Emma.

No sabía si era su impresión, pero le pareció que aquel día estaba más deslumbrante que de costumbre. Sonrió, e intentó apaciguar sus nervios, aumentados por culpa del calor que hacía ahí dentro. Ya estaban ahí. Se miraron. ¿Era su impresión, o ella también parecía nerviosa? Bueno, era lo natural, claro. Se tomaron de la mano y se sentaron. El cura empezó su larga perorata. Habló de muchas cosas que no le importaban mucho. Él sólo quería unirse de por vida a Emma. La miró con disimulo. Parecía que tenía algo de mala cara. ¿Qué le ocurría? No podía preguntarle e interrumpir al cura... aunque ganas no le faltaban. Por fin, todos en pie, preguntó:

—¿Acepta a esta mujer como tu legítima esposa hasta que la muerte os separe?
—Sí, quiero —respondió.
—Y tú, ¿aceptas a este hombre como tu legítimo esposo hasta que la muerte os separe?

Emma suspiró antes de responder. Se esforzó en sonreír, pero de pronto se dio la vuelta y salió corriendo. Dos de las damas de honor, amigas suyas, salieron tras ella. Es escritor estuvo a punto de derrumbarse. Los padres de Emma se reunieron con él, seguidos de sus propios padres, pero el les hizo un gesto con la mano y se apartó. Tiró de móvil para intentar localizarla. Varios tonos... contestador. Otro intento... contestador. Se decidió a fundir la batería si era necesario. Los invitados murmuraban.

—¡Perdón, ya estamos aquí! —dijo alguien desde la puerta.

Las dos damas de honor volvían acompañando a Emma. Sin poder resistirlo, él avanzó hasta ellas, y no le pasó por alto que su novia estaba un poco pálida.

—Lo siento... —dijo ella con un hilo de voz—. Me encontraba un poco mal esta mañana, y con el calor que hace aquí... tuve que salir fuera a tomar el aire, y... —dos lágrimas resbalaron por sus mejillas—. ¡Pero no quiero que pienses mal! ¡Aún quiero que nos casemos!

Sus miradas se cruzaron. Por dios, y él también quería. La ofreció su brazo y avanzaron hacia el altar. Antes de que el cura pudiera retomar la ceremonia, ella le interrumpió diciendo “sí, sí quiero”. Se pusieron los anillos, y con “yo os declaro marido y mujer”, se besaron con fuerza. La gente aplaudió.

Tras la lluvia de arroz fuera de la catedral y las felicitaciones, se pusieron en marcha. Celebraban el banquete en el Parc de Bercy, a unos diez minutos en coche de allí. El día acompañaba con aquel día de euforia, y el aire libre parecía que le había sentado bien a Emma, que había mejorado bastante desde el susto en Notre Dame. Aún así, él estuvo constantemente pendiente de ella por si necesitaba algo.

Aquello se alargó hasta bien entrada la noche. Los invitados estaban encantados, y se acercaban todos constantemente a dar su enhorabuena a la recién casada pareja nuevamente antes de ir marchándose. Los recién casados también se movieron. Había reservado nuevamente en el Grand Hotel de Palais Royal, aunque esta vez habían pedido una habitación más especial.

Nada más subir en el ascensor, se dejaron llevar en otro arrebatador beso, que se prolongó hasta subir a la última planta. La levantó en brazos, y corrieron hacia el dormitorio. Entraron, cerraron la puerta, y se dejaron caer sobre la cama. Ella se situó encima, y empezaron a juguetear.

—Cálmate, cariño... —le dijo él—. Tenemos toda la noche...

Bajaron la luz del dormitorio para crear un ambiente más íntimo. Sin embargo, entraba aún más luz. El estrellado cielo nocturno de Francia se alzaba sobre ellos por un amplio ventanal de la ventana, creando un ambiente perfecto para ellos.

—Me dijiste que la habitación tenía piscina... —dijo Emma.
—Y mueble-bar —inquirió él—. Puede ser una combinación explosiva...
—Que explote entonces...

Él se apresuró en poner en marcha el gripo de la bañera y volver a la cama. Se desnudaron lentamente, intentando provocar al otro con el roce de sus manos. Abrieron el mueble-bar, sacaron dos copas y una botella de vino, y se dirigieron a la piscina. Se metieron en el agua caliente, que ayudó aún más a ambientar. Él tiró de ella para que se sentara sobre él. Brindaron.

—Todavía no me puedo creer esto... —dijo Emma, apoyando la cabeza sobre su hombro—. Por fin... casados.
—Y con una larga vida por delante —respondió él—. ¿Qué tal sigues?
—Fenomenal.

Empezó a mover sus caderas, provocándole. Él la acarició por la espalda, bajando sus manos lentamente hasta sus nalgas, y luego volviendo a subirlas. Lo repitió varias veces, aumentando la tensión, hasta que no pudieron más. Ella se levantó ligeramente, y despacio, descendió, introduciendose la erección de su, ahora, marido. Se movieron al ritmo que ya conocían, él la ayudaba a subir y bajar, y ella había cruzado sus brazos sobre sus hombros.

Volvieron a besarse. Aceleraron el ritmo. Quizá era por la boda, pero ambos se sentían aún mejor que de costumbre. Se movieron, ella quedó apoyada en las paredes de piscina, dejándole a él total libertad de movimientos, alcanzando juntos un poderoso orgasmo. Pero eso no les detuvo, lo estiraron varios minutos sin dejar de moverse hasta que su cuerpo les pidió un descanso, fuera del agua. Se tumbaron en la madera del baño.

—Qué bien sienta esto... —dijo ella—. Di que nos podemos quedar aquí a vivir, por favor.
—Creo que no podemos... tenemos un crucero pendiente y un par de casas a las que he echado un vistazo que tendremos que visitar... con piscina en cada una —le guiñó un ojo.

Una vez se hubieron repuesto, decidieron que aún podían... Dejaron atrás la piscina, y se metieron en la ducha. Pusieron el agua en marcha, y él tuvo una idea genial. Hizo que Emma se situara de espaldas, y le echó el pelo hacia adelante. Tomó la botella de gel, y la besó por el cuello mientras dejaba caer la loción por la espalda de la chica. Ella suspiró al sentir sus manos enjabonando su espalda. Se detuvo unos minutos en sus glúteos, y luego bajó por sus piernas, acariciándolas y besando esas nalgas que tanto le gustaban.

Volvió a subir y quiso que se pusiera de frente. Volvió a dejar caer el gel sobre su cuerpo, que lo acarició mientras volvía a besarla, apenas fue un roce de labios. El cuerpo de Emma se contrajo al sentir su mano sobre su intimidad, acariciándola con terrible lentitud, y tembló cuando le lamió los pechos. Maldito... la iba a volver loca.

—Es mi turno... —susurró ella, y el puso cara de niño bueno.

Ella se puso tras él, y repitió lo mismo que había hecho él por su espalda. Pasó las manos por sus caderas, y, pillándole desprevenido, se abrazó a él por la espalda, y llevó sus manos hasta el miembro del chico para masturbarlo. Él ahogó un grito. No lo esperaba... pero se sentía genial. Una de las manos se ocupaba de su miembro, la otra le acariciaba un poco más abajo, y estaba siendo terriblemente excitado.

—Cuando te apetezca... podemos pasar a la cama... —le dijo al oído—. Tenemos tiempo, ¿no?

“No, no hay tiempo” pensó para sus adentros mientras alargaba la mano al grifo y cerraba la llave. Se besaron y se movieron poco a poco hacia la cama, y el la hizo caer sobre el colchón.

—Venga... hazme tuya... y no... te... contengas... —dijo lentamente, incitándole.

Él, obediente, separó sus piernas y la atrajo hacia él, deslizando su miembro en ella, y penetrandola a bastante velocidad. Ella se extendió por completo, dejándose hacer, encantada con aquello y deseando que no terminara. Se sentía demasiado bien. El chico se movía libremente. Ella cerró sus piernas a su espalda. Quería más. Jadeaban y gemían. Teóricamente deberían tardar un poco más en llegar al orgasmo, pero estaban demasiado excitados, y fue cuestión de pocos minutos que estallaran en el clímax. Se recuperaron sobre la enorme cama, abrazados.

—Te quiero.
—Y to a ti.
—Y... hay una cosa que tienes que saber... —le dijo, en un tono más serio—. El mareo de esta mañana... no es porque me hubiera levantado mal...
—¿Pensaste en huir, entonces?
—Jamás —atajó ella—. El caso es que, bueno... como tenemos la costumbre de no usar protección... pues... en unos meses vamos a ser tres...

Él no dio crédito al principio. ¡Ella estaba...! ¡Iban a ser...! No lo hubiera esperado tan de repente.

—Bueno... ¿vas a decir algo?
—Que por no habérmelo dicho antes, el nombre lo elijo yo —bromeó.

Ella rió, y nuevamente una lágrima cayó por su mejilla. Se besaron de nuevo.

FIN

Bueno, con este capítulo pongo punto y final a esta pequeña saga de relatos de "El encuentro esperado", casi un año después de publicar el primer capítulo. Originalmente pensé que pondría sólo dos o tres capítulos... y a lo tonto, salió una bonita historia de amor (y sexo). Con cierta ayuda, y presiones de algunos conocidos en que lo continuase, todo sea dicho, aunque no me quejo.
Pero como finalmente, el lunes empiezo la Formación en Centros de Trabajo, he querido poner hoy el broche de oro a la historia, y empezar una nueva una vez que disponga de tiempo nuevamente para escribir. Lo que no significa que vaya a abandonar el blog, pero sí me hacía ilusión cerrar esta historia dignamente, antes de estirarla más de la cuenta y terminar estropeándola.
Agradecimientos a los que me animaron a publicar esto (uno no se siente seguro cuando familiares cercaron van a leer este tipo de textos cuando es de la autoría de uno) y a todos los que hayáis seguido con la historia hasta hoy (Santiago, Barby ;) ) .
Y bueno, como estas cosas no se me dan bien, lo dejo aquí. Espero poder continuar pronto con más relatos, y no necesariamente incluyendo temática adulta (aunque estoy seguro de que es un buen estímulo para animaros a leerlo). Saludos, y hasta la próxima entrada (el lunes).
Felikis

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