Nueva vida, nuevos problemas (VI)



 (previously...
Rafa y su primo Álex quedaron con Laura y Judith, la chica que visitó la tienda. Rafa consigue su número. Al día siguiente, queda con un amigo, quien logra que empiece una conversación por mensajería con la chica.)

Capítulo VI

Teseo siempre había sido así. Por lo menos conmigo. Tenía comprobado, por el día que me animó a ir con él a la oficina, que con los usuarios que debía antender, era poco... brusco en sus formas. Pero al margen de eso era buen tipo. Se podía contar con él. Aunque la jugarreta que me había hecho con el teléfono... la madre que lo parió. ¿Y qué le respondía a Judith? ¡Si no tenía nada que decirle en ese momento!

"Si no tienes nada que perder, haz la prueba", me dijeron en su día. Por eso no probé las drogas, por aquello de no perder la vida. Pero mira... por lo menos a mi lado de la pantalla me sentía más seguro. Inspiré fuertemente y le envié un mensaje: "¿Tienes algo que hacer mañana?". Y esperé a que me respondiera. O que no. Quien sabía. En cualquier caso, Teseo se alejaba calle abajo, y yo iba a hacer lo mismo de vuelta a mi piso.

Y recibí algo en el teléfono según llegaba a mi puerta. Saqué el móvil, más esperanzado de lo que hubiera admitido. "Selección de personal en Fruterías Peláez...". ¡Puto spam! Siempre en el momento más inoportuno. Me volví a guardar el móvil en el bolsillo, abrí la puerta, y me metí para el piso.

Ahí estaba. Mi primo, poniéndose ciego a chocolate con porras, despeinado, en calzoncillos... La viva imagen del erotismo. ¿Qué chica no querría acostarse con él en ese estado?

—¡Primo! ¿De dónde sales!
—... No salgo, he salido —le dije cuando pude procesar un sarcasmo—. Te he dejado una nota.
—¿Ah, sí? A ver... ¿es esta?

Supuse que sí, era ese papel... Claro, usé una servilleta, y él la había usado para limpiarse. La nota estaba ya achocolatada. Pero aún se podía distinguir mi mensaje. "Salgo. -Rafa". ¿Para qué iba a complicarme más? Dejé el móvil encima de la mesa, y me dirigí a mi dormitorio. Iba a buscar algo de lectura, ya que entre semana no solía ponerme, y tenía en un punto muy interesante la novela El signo de los cuatro, de Conan Doyle. En ese momento, un ruido bastante desagradable.

—¡'imooooooo, e' 'oviiiiiil! —qué voz tan cantarina la de mi primo cuando tenía una porra en la... boca... Jejejeje. Qué mal suena, ¿a que sí?
—¿Qué dices? —respondí.
—¡Que te suena el móvil! ¡Tienes un mensaje o algo!
—O gonorrea. Eso es una posibilidad del "o algo" —le respondí cuando volví al salón—. Será más spam. Paso de mirar.
—A ver si va a ser importante.
—No creo. Tengo bloqueado al presidente del Gobierno, que se pone muy pesado, y no me gustó mucho la noche con Blanca Suárez, así que no voy a responder si es ella —le dije, con todo el sarcasmo que me cabía en el cuerpo.
—Tú mismo. ¿Una porra?
—Operación bikini, ¿recuerdas?

Se rió. En lugar de poner la tele convencional, decidió conectar el disco duro, y nos vimos en una mañana cuatro episodios de Breaking Bad. Llegaba la hora de comer, pero no estábamos por la labor de cocinar ninguno.

—¿Y si nos comemos una hamburguesa por ahí? —propuso mi primo.
—¿Llevas dinero acaso?
—Sí.
—Perfecto, que hoy no pienso invitarte. Vámonos.
—¿Pretendes que salga así a la calle? —me preguntó. "Sí", me dieron ganas de responderle—. Espera, que me visto en cinco minutos.

Tuve que borrar de mi mente la imagen de mi primo subiéndose el bóxer cuando se dirigía a su dormitorio. ¿Por qué no se depilaba un poco? Seguro que hasta perdía peso. Alargué la mano a por mi teléfono, que se había quedado reposando hacía rato sobre la mesa sin molestarme más. Eché un vistazo.

Mierda. "No, estoy libre :) Si quieres podemos quedar". De Judith. Mierda, mierda, mierda... ¡JODER! Siempre igual, me entero de toda la basura y los mensajes importantes se me pasan por algo. Me cago en... Bueno, calma. No estaría todo perdido, ¿no? A ver... "Perdona, estaba liado. ¡Me encantaría! ¿Dónde nos vemos?"

Decidí que lo mejor era cambiar su tono de mensaje, y distinguirlo de los demás. Una excepción que nunca me ha gustado (porque tiendo a pensar "no, mi móvil no suena así") y estaría en las mismas, pero debía intentarlo. En ese momento salió mi primo, más adecentado, de su habitación, y salimos en busca de alguna hamburguesería. Luego se querría tomar el café con sacarina, el cabrón.

—¿Con quién hablas tanto, primo? —me preguntó Álex. Bueno, eso es lo que intuí. Con la boca llena de hamburguesa, lo que le escuché fue "¿'on fien habas tanto, pimo?". Agradecí que no me salpicara de comida masticada.
—Con Judith —le dije, tranquilo. Intenté no darle mucha importancia, y se rirónico y sarcástico le haría insistir más. Al igual que la respuesta que le di.
—¡No pierdes el tiempo! —exclamó, ya después de haber tragado—. ¿Os habéis enviado fotos? —inquirió.
—Sí, de gatitos.
—De vosotros. Que tenéis química.
—La habré visto como cuatro veces, tengo su número desde ayer, y ya pretendes que me envíe fotos con ella —le dije, esta vez con tono de sarcasmo.

Él sacó su teléfono, y me mostró una foto. Qué cabrón. Laura, su "amiguita", en sujetador.

—No deberías airear esas fotos. Y además, vosotros os conocéis de clase, mientras yo sólo la había visto en la tienda.
—Da igual. Tú a saco. ¿Vais a quedar?
—¡Tres cojones te importa! —le solté.
—Entonces sí. ¿Será mañana? ¿Te importa si mientras se viene Laura a casa?
—Haz lo que te de la gana —respondí sin ganas. Terminé de concretar la quedada (cita, pensó mi mente), y me dediqué de nuevo a mi hamburguesa, dejando que mi teléfono reposara en calma.

Si hace un tiempo me hubieran dicho que por una cita me iba a poner nervioso, me hubiera entrado la risa. Pero en ese momento, domingo, después de comer, un rato antes de haber quedado, lo estaba. Llevaba algún tiempo sin planear algo así (había conocido chicas, pero en las escasas ocasiones en que quedaba con algún ex-compañero de estudios). Quedar de forma planificada... Fácilmente desde el instituto, en el último año. Un desastre.

En fin... Tampoco había mucha variedad en mi armario. Un pantalón vaquero de color negro, una camiseta blanca, y las zapatillas. La colonia me parecía excesivo (y no tenía, además), pero sí me puse desodorante. La higiene es muy importante. Me miré al espejo, y salí, no sin antes soportar las risas de mi primo, y un comentario de "A por ella, machote". Criaturica. Con lo mono que está dormido... para asfixiarle con la almohada.

En la puerta de la calle me crucé con Laura. Sonreímos en forma de saludo, y procuré no acordarme de la foto que mi primo me había enseñado tan alegremente. Me fui hasta la estación de Metro y no tardé mucho en llegar donde había quedado con Judith.

—¡Buenas tardes! —saludó. ¿Era mi impresión o estaba más guapa que el día anterior? ¿Y por qué sonreía?
—Buenas tardes —respondí yo. Besos en la mejilla de rigor en plan saludo—. ¿Qué tal?

No sé qué llegó a responderme. La veía preciosa y por un momento me quedé atónito. Una camiseta holgada de color rojo, un pantalón vaquero muy corto (pero MUY corto), y juraría que las mariposas volaban a su alrededor. Vale, esto último es pura poesía, pero ¿a que queda guay?

Habíamos quedado por el parque. Nos metimos y nos pusimos a charlar. Era raro, pues ya habíamos hablado el día anterior. Y juraría que algún tema quedó "repe". Pero bueno, resultaba agradable. Y me permitió saber un poco más de ella. Es perfecta. Tienes que entrarle antes de que se te adelanten, me decía mi mente. Yo intentaba no pensarlo.

En esas estaba yo pensando cuando llegamos a la altura del lago. Y después de un rato caminando, nos pareció buena idea sentarnos en un banco a descansar. Quedamos un rato en silencio, y decidí romperlo con una banalidad.

—"Cientos han vivido sin amor, pero nadie sin agua", Auden —cité.
—¿Y eso? —me preguntó ella.
—Pensaba en voz alta.
—¿Te gusta la poesía?
—No es mi especialidad. Soy más de narrativa... y aún así no leo todo lo que me gustaría. El curro, que es muy absorbente —dije, como excusa.
—Me ocurre lo mismo desde que estoy en la Universidad. Pero bueno, siempre se saca tiempo, ¿no?
—Sí. Creo que tengo algún libro que podría gustarte.
—¿Sí?
—Sí. Podemos quedar en otra ocasión, y te lo traigo... —dejé caer. No tenía ni idea de por dónde llevar la conversación, pero si por lo menos conseguía una excusa para volver a quedar, me iba a dar por satisfecho.
—También puedo ir ahora, ¿no? —dijo ella—. Vamos, cuando nos cansemos de estar aquí.
—... Sí, claro. Cómo no.

Estaba confuso. ¿Eso era una indirecta? ¿O quizá así tendríamos que evitar vernos tres veces, limitándolo a ese día y cuando me devolviera el libro? Nunca he sido experto en mujeres, y lamenté no ser Brad Pitt, que seguro que lo tenía más fácil. En cualquier caso, estaba bien si se atrevía a venir. ¿O no?

La conversación de libros nos llevó a la de cine, momento en el que retomamos el paseo. En el camino nos topamos con una máquina de bebidas, y saqué sendas cocacolas para paliar la sed. Una charla como esa dejaba la garganta seca, y aparte, los médicos recomiendan hidratarse.

Pasamos una tarde bastante agradable. No sabía si aquello iba a desembocar en algo, pero al menos me lo estaba pasando bien. Y cuando ya iba atardeciendo para anochecer, nos pusimos en marcha hacia mi piso, para prestarle el libro. Y luego quizá salir a tomar algo. Quien sabía.

El trayecto se me hizo muy corto. Judith iba mirando a todas partes. Nunca había estado por aquella zona de la ciudad, y le estaba gustando, según parecía. Le molaba la zona donde vivía. Y bueno, si tenía la dirección, sería más fácil que se dejara caer por aquí, aunque fuera en plan casual... A ver si luego me podía enterar yo de donde vivía ella.

Pero cuando entramos en mi piso, me temí lo peor. El salón estaba vacío. Pero la puerta del dormitorio de mi primo estaba cerrada. Y salía cierto ruido de la habitación bastante indistinguible. Gemidos. Joder... Mejor si nos dábamos prisa.

—Pasa por aquí —le indiqué a Judith, apremiándola para poder cerrar la puerta de mi cuarto.
—Parece que tu primo... Se lo está pasando bien, ¿no? —me dijo, claramente, cortada por la situación. "Si tú supieras con quién está...", pensé yo.
—Bueno, a puerta cerrada no se oye tanto —dije, intentando quitarle importancia.

Rebusqué un poco entre el montón de libros que tenía. Ahí estaba: El guardián entre el centeno, de Salinger. Se lo pasé, mientras agradecía para mis adentros que Álex no lo hubiera tomado prestado. No querría entrar en la habitación en ese momento. Y tampoco me abriría la puerta, vaya.

—Tiene buena pinta —me dijo ella, leyendo el argumento en la contracubierta—. Te lo cuidaré.
—En ello confío. ¿Nos vamos? —propuse.
—¡Por supuesto! ¿Algún sitio concreto? —me preguntó. ¿Volvía a sonreír?
—Sí, conozco uno —dije—. No te importa que no avise a mi primo, ¿verdad? Creo que está ocupado —bromeé.

Y una vez más, soltó una carcajada, como el día anterior. Empecé a confiarme. ¿Lo estaba haciendo bien? Podía ser. En cualquier caso, de momento parecía que estábamos en comodidad. Vale, yo estaba algo nervioso, pero lo estaba llevando mejor de lo que creía. Suficiente por lo pronto.

Hice un gesto hacia la puerta, para indicar a Judith que fuéramos saliendo. Ella tiró del manillar. Y en ese momento, se abrió la puerta del dormitorio de mi primo, desde el cual salió Laura... envuelta en la colcha de la cama. Ambas amigas se quedaron mirando por unos momentos.

—Judith... ¿qué haces aquí? —preguntó Laura, bastante azorada.
—Casi podría preguntarte lo mismo... —respondió la otra—. Rafa, ¿podemos irnos?
—... Sí, claro —dije, algo confuso. Procuré no mirar dentro del dormitorio, donde sin duda estaría mi primo "con las vergüenzas al aire" que diría mi abuela, y seguí a Judith a la calle.

Tuve varias dudas en esos momentos. Semejante situación... ¿acaso ella también estaba detrás de mi primo? No podía descartarlo, claro, si no se lo había tomado bien. No dijimos nada durante un rato, mientras la conducía hacia el bar que me conocía yo. Nos sentamos fuera.

—Estás muy callada... —dije finalmente. La sonrisa había desaparecido de su rostro.
—Lo se. Lo siento —me respondió—. Es que... lo que acabo de ver...
—Entiendo —comenté. Mis sospechas se confirmaban.
—Es que es muy duro... Mira, Laura y yo nos conocemos desde niñas, y verla ahí, cuando está también tonteando con mi hermano...

Espera. ¿Qué? ¿Qué acaba de decir? "Tonteando con su hermano", ¿verdad?

—¿Tu hermano?
—Sí... —dijo ella, torciendo el gesto—. No te quiero aburrir... Es sólo que sé que tienen algo... pero claro, también iba a por tu primo, pero contaba con que se esperase un poco más...
—Sí que te preocupas por él —dije, mientras en mi interior bailaba una conga.
—Y él por mi. Pero bueno... Dejémoslo. Bastante difícil va a ser ya estar mañana con ellos en clase.

Y optó por cambiar la conversación en ese momento, algo que agradecí. Finalmente no fui con ella hacia su casa una vez terminamos, pues me dijo que necesitaba un rato para ella. Yo también lo necesitaría después de lo visto en mi casa, y bastante había aguantado si aún había aceptado a tomar una copa. Volví a casa, confiando en que sólo quedara mi primo. Lo que menos me apetecía, después de un día bueno, era toparme a esos dos montándoselo en mi sofá.

Llegó el lunes. Álex no se había atrevido a salir del dormitorio, aunque Laura se había ido antes de mi llegada la noche anterior. Ya hablaría con él con calma. Yo debía llegar a trabajar. De forma que hice mi rutina diaria para llegar a la tienda. Sorprendentemente, ya estaba abierta.

—Buenos días —saludé.
—Hola, Rafa... —dijo Aarón—. ¿Podemos hablar?
—La última persona que me dijo eso terminó rompiendo conmigo, no me asustes —bromeé.

Peor Aarón no se rió. Me senté delante de su mesa, como si fuera un cliente. Él se sentó también y me miró muy serio.

—Rafa... no me quiero andar con tapujos, porque respeto el trabajo que has estado hacienod conmigo todo este tiempo —empezó Aarón. Sacó un sobre del cajón, lo puso sobre la mesa, y lo deslizó hasta mi—. Lamentandolo mucho, voy a tener que despedirte.

Comentarios