Nueva vida, nuevos problemas (VII)



 (previously...
Rafa consiguió una cita -o algo parecido- con Judith gracias a la intervención de Teseo. Sin embargo, no todo son buenas noticias para él.)

Capítulo VII

No soy una persona de las que se quedan sin palabras normalmente, pero en aquel momento, tardé unos cuantos segundos en poder reaccionar ante semejante noticia.

—¿Despedirme?
—Sí —respondió él, secamente.
—... Sin más. Adiós y muy buenas. Sin motivo.
—Despido improcedente, te pagaré lo que te corresponda... —respondió Aarón. Desde luego, no parecía él.

Se hizo un silencio denso. E incómodo. Mi exjefe me miraba con plena calma. ¿Había remordimiento en su mirada? Qué coño, no podía ser que de un viernes a un lunes decidiera echarme. Veamos... que yo recordara, no habría queja de mi trabajo. Los equipos que montaba los verificaba varias veces para que no hubiera reclamaciones. ¿Sería que me vio con Judith y planeaba venganza? Cosas más raras se habían visto.

Y hablando de ver, vi algo. Unos papeles sobre su mesa. Aarón se dio cuenta e intentó guardarlos. Pero uno tiene los reflejos en condiciones, y logré adelantarme para leer esos papeles. Cuanto más leía, más comprendía su actitud. Hijo de...

—Becarios. Tienes intención de irme sustituyendo por becarios —le solté. No respondió—. De esos que no tienes que pagar y encima te desgravan —sin respuesta—. Y me imagino que al de la tarde también le echarás —la falta de respuesta de Aarón aumentaba mi deseo de macharcarle el cuello con la grapadora.
—Rafa, la crisis... —empezó a hablar, por fin, pero esta vez decidí cortarle.
—Ni crisis ni ostias. Tienes beneficio suficiente para mantener el negocio así. Simplemente pretendes llevarte más dinero cada mes.
—Tu finiquito —dijo, ignorándome, y poniendo un sobre encima de la mesa—. Y la carta de despido.

Firmé en el acto. No tenía la más mínima intención de quedarme más tiempo del necesario. Lo que era necesario era aire. Necesitaba aire fresco, respirar un poco, y tranquilizarme. Me tengo por una persona pacífica, pero en ese momento no había tortura que se ajustara lo bastante a lo que me apetecía hacerle al que había sido mi jefe durante aquel tiempo.

Tuve que pillarme un buen rebote, pues no recuerdo lo que pasó desde ese momento hasta que me encontré a mi mismo sentado en el sofá de mi casa, tumbado bocarriba, con las piernas recogidas, pensando en cosas alegres como "asesinato", "mutilación", "cadáveres" y "lanzallamas". Y de lejos, la voz de mi primo llamándome. "Rafa... Rafa... ¿qué ha pasado, Rafa?... Rafa, me estás asustando...".

—Me han despedido —respondí finalmente.
—¡Eso ya me lo has dicho tres veces! —protestó Álex—. ¿Me quieres explicar con detalle qué cojones ha pasado?

Suspiré. Me intenté incorporar, pero me fallaban las fuerzas. Finalmente logré sentarme, pero me eché hacia atrás en el sofá, repantingándome.

—He llegado, y prácticamente, después del buenos días... me ha dicho que me echaba.
—¿Pero es por algo que has hecho?
—Sí. Por cobrar. Ha decidido tirar de becarios de esos que le salen gratis —respondí.
—Hijo de la gran puta... —soltó mi primo. Entre muchas otras lindezas dedicadas a mi exjefe, cosa que agradecí y le di la razón mentalmente—. Pero no te puede echar sólo por eso...
—Lo se. De forma que directamente tiene indenminzarme. Como si se pudiera vivir de una indemnización.

Y en ese momento caí en lo grave: mi independencia peligraba. Con lo que llevaba trabajado, el paro se me iba a quedar escaso. Y ni con finiquito ni indemnización podría sobrevivir más de dos meses antes de volverme a meter en la casa de mis padres. Estaba bien jodido. Y tenía ganas de maldecir, de cagarme en todo lo cagable, en romper cosas, en gritarle a algún tertuliano de televisión a través de la pantalla, para desahogar.

—Me estás asustando, primo...

Apenas era consciente de estarme balanceando y gruñendo por lo bajini mientras contemplaba la nada.

—Perdona... me voy a ir a dar una vuelta... necesito aire... —dije.
—¿Estás bien?

"Estoy de puta madre. En paro, teniendo que pagar el alquiler y los gastos", estuve tentado de soltarle. Y de añadir "tontopollas". Pero me mordí la lengua, y me limité a decir:

—No mucho.

Salí del comedor, atravesé el portal, y el viento de la calle me acarició la cara. Probablemente debía tener mala pinta moviéndome por la calle. Con las manos en los bolsillos, y una expresión de enfado que no me molestaba en ocultar, hubo alguno que optó por quitarse de mi "camino en línea recta" cuando me acercaba. Pero mejor, no me apetecía charlar con nadie.

Se me acercó un cani en cierto momento. O para pedirme la hora, o para pedirme un leuro, pero me le quité de encima sacudiendo el hombro cuando me lo tocó. Me tuvo que gritar algo como "¡gilipollas!", y yo le respondí amablemente con un corte de mangas. Sin tener muy claro dónde debía ir, se me ocurrió el mismo parque donde estuve el día anterior. Ese tipo de parajes me ayudaban a relajarme.

Me senté en la hierba. Noté humedad en la espalda. Debían haber regado hacía poco. Pero no me importó. Si todos los problemas fueran tener la espalda mojada... Miré el reloj. Casi era la hora de comer. Joder. ¿Tanto tiempo me había pasado en Babia?

En cualquier caso, no tenía hambre. Estaba demasiado enfadado. Escuché una canción, "A Horse With No Name", de America. Y que algo me vibraba en la nalga. Mi teléfono, que lo llevaba ahí. Me estaban llamando. Preferí ignorarlo. Supuse que sería mi primo, y no me hallaba en condiciones de hablar con él. Hubo un segundo intento de llamada, y al tercero, llevé la mano al bolsillo y descolgué.

—Dime.
—Rafa, tenemos que hablar.

Su puta madre. No era Álex. Era Aarón.

—¿Hablar de qué? —dije, con mi mejor tono de desprecio.
—No te puedes ir así. Después del tiempo que llevas trabajando conmigo...
—¡Después del tiempo que he estado trabajando contigo me parece de miserable que me des la patada de esta forma! ¿Pero sabes lo que te digo? ¡Que te den por culo! ¡Que te follen! ¡Que te opere de fimosis un cocodrilo a bocados!

Y colgué. Resoplé. Vi otro intento de llamada por su parte. Colgué. Y me puse a buscar en la tienda de aplicaciones móviles alguna que me permitiera rechazar automáticamente todas las llamadas desde su número. Pasando de él.

Me tiré un rato largo dando una vuelta. Dicen que en frío se piensan mejor las cosas. Y era cierto. Era obvio que tenía los mismos problemas que con enfado, pero al menos lo veía más claro. Lo primero sería darme de alta en el SEPE, y lo segundo (o lo cero), ponerme a echar currículums como si no hubiera mañana.

Volví a casa por la tarde ese día. Tenía bastante hambre, aunque pocas ganas de comer. Mi primo no se atrevió a decirme gran cosa, y vimos, mientras degustábamos unos fideos instantáneos (que de instantáneos los cojones, cinco minutos no es instantáneo), toda una temporada de The IT Crowd hasta que nos fuimos a la cama. Desconozco si mi primo durmió bien esa noche, pero yo di vueltas en el colchón sin encontrar una posición cómoda. Y cada dos por tres, la expresión "En paroooo, en paroooo..." resonaba en mi cabeza.

Al día siguiente me levanté temprano. Más de lo habitual. Me miré en el espejo del baño. Tenía tales ojeras que parecía un tejón, o el Llanero Solitario. Lo mismo me daba. Debía tomarme un café rápido e irme a la oficina del paro, antes de que se llenara de gente. Algo difícil en este país. Si lo conseguía seguro que pasaba alguien con un cartel poniendo "Logro desbºloqueado". Un ruido similar al de una motosierra me indicó que Álex estaba roncando como un bendito, así que me fui sin decir nada. No dejé ni una nota.

Cuando llegué ya había algo de cola. Apenas cuatro personas, pero me jode esperar en los sitios. Me pongo malo. De forma que me dispuse a matar el tiempo mirando mi Twitter. Teseo había publicado uno hacía unos segundos: "#ElTípicoUsuarioQue olvida las contraseñas. #ains". Y en ese momento, publicó otro: "#ElTípicoUsuarioQue olvida qué es lo que hace en la empresa. #facepalm". Tuve que contener la risa, pues el SEPE no me parecía el sitio más apropiado para reírme.

Teseo... Podría comentarlo con él. Alguna vez me había comentado que podría intentar meterme donde estaba trabajando. Sin embargo, no me apetecía recurrir a eso tan pronto. Por no ponerle en un compromiso y por demostrar mi valía personal. Debía encontrar algo por mérito propio.

En cierto modo era una tontería. Le conocía desde que tenía memoria. Literalmente. Era el hermano más joven de una amiga de mi madre. Once años tenía él cuando yo nací. Obviamente no empecé a conocerle hasta que empecé a tener uso de razón. Nos juntábamos con bastante frecuencia. Y (por lo que cuentan testigos oculares, que un servidor no tiene memoria de eso) nos pasábamos la tarde jugando a la SuperNes. O más bien, él jugando y yo matándome en cada nivel del Mario Bros. Y pillándome berrinches. Aún tengo guardada la consola. Para la "Partida Anual" como lo llamamos. Aunque pensándolo bien, desde hacía ya tres años no celebrábamos esa competición.

Y lo gracioso es que fue por ello que me empecé a interesar por la cacharrería de los ordenadores. Diez años antes me fue enseñando alguna cosilla, y fue cuando empecé a pensar que me molaría pertenecer al mundo de lo virtual. También por aquella época empecé a verle un poco menos. Se había echado novia. Y claro, entre la pareja y un amigo canijo... comprendo perfectamente su elección. El tema es que nunca le guardé rencor por ello. Yo siempre iba a mo bola por ahí. Y ya cuando rompieron, restablecimos el contacto habitual de antaño. Aunque en los últimos meses volvíamos a estar un poco en la situación de poca comunicación.

En esas cosas andaba yo recreando mi mente cuando me tocó el turno. Me atendió una mujer que debió haber nacido en Mordor, por la pinta que tenía. Después de soltarme todo el rollo de mis obligaciones, de que tengo que fichar, de las entrevistas, de los cursos, de que qué tiempo de mierda hace en fin de semana... logré liberarme de ella y volver a casa. A lo tonto me había dado la hora de comer, por segundo día consecutivo, y había un buen puñado de gente esperando aún. Pobriños.

Llegué, pensando que habría algo preparado para comer. O que podría hacer algo rápido. Quizá mi primo se había ido a estudiar, o le había dado por ver a Arguiñano, o por volver a zumbarse a Laura. O las tres cosas a la vez. Eliminé la imagen mental de mi primo practicando sexo en clase mirando la tele por el móvil y abrí el portal. Entré y miré el buzón. Nada, Pues a casa.

—Hola.

Casi me cái de espaldas cuando entré en casa y llegué al salón. Mi primo en el sofá, y en el sillón, como si me esperase, mi madre. Sólo le había faltado estar en un butacón de esos que giran, y haber hecho la típica entrada de cine a lo "Te estaba esperando".

—... Hola. ¿Qué tal, mamá?

Me miró con una cara que no me gustó nada. Yo le lancé una mirada asesina a mi primo. Era obvio que él se había encargado de llamar a mi madre y contarle lo ocurrido. Iba a ser difícil. Mi madre, de 45 años, siempre había sido muy cabezota. Y con aquello de "lo digo/hago por tu bien" me había sacado de quicio en muchas ocasiones. Lo que no impedía que la quisiese, pero me daba en la nariz que iba a haber bronca ese día.

—¿Qué tal tú, hijo? Anda que me llamas —me dijo ella, con el mismo tono de voz que cuando me decía de niño "Eso está mal".
—Ayer no tuve mi mejor día —respondí, alargando la mano para pillar una silla por el respaldo y arrastrarla hacia mi.
—Ya me ha contado tu primo... ¡Despedido! Nunca me gustó ese jefe tuyo. Como todos, va der majo y resulta ser un pedazo de...

Agradezco haberme criado en un entorno de izquierdas que va con el proletariado.

—Bueno, sí, mamá, pero ya no podemos hacer nada. Encontraré otro trabajo.
—¿Y mientras tanto?
—Tía, creo que nos podremos apañar mientras que Rafa...

Pero mi madre le hizo un gesto a Álex para que se callase.

—Rafa, si tienes que volver a casa...
—No. Te lo agradezco, mamá, pero de momento quiero apañármelas por mi cuenta.
—Siempre igual, siempre igual... —dijo ella, más como un pensamiento propio que dirigiéndose a mi.
—Me fui de casa con todas las consecuencias. Como bien señalaste ese día —le recordé, sin levantar la voz. No quería sonar a mal, aunque me temo que era imposible.
—Ay, hijo, sabes que no lo decía en serio. Pero si volvieras a casa, podrías volver a estudiar mientras encuentras otro trabajo sin prisas...
—Sí, de ingeniero, ¿no?

Mis padres nunca habían aprobado mi elección de meterme en informática. Ellos querían que hiciera el bachiller, luego la universidad y hacerme ingeniero. Pero no me salió de las narices. Después de suspender deliberadamente el primer año de bachillerato (pude haber aprobado, si me hubiera salido de las narices estudiar) me pasé a estudiar informática en Formación Profesional. Y desde entonces, mi relación con mis progenitores no había vuelto a ser perfecta. Que tuviera la informática de hobbie era una cosa. Que me quisiera dedicar a ello era otra cosa.

—Tampoco te haría daño. Es otra salida profesional que...
—... que también están buscando trabajo. Y se tienen que conformar con cualquier cosa.
—Por eso, tú vales más que...
—Hasta aquí —corté—. Me meteré a preparar hamburguesas antes que ponerme a estudiar algo que no me gusta. ¿Te quedas a comer?

Mi madre frunció los labios. Me miró enfadada. Pero no tenía yo la menor intención de ceder. Un trabajo en un fast food no era para nada deshonroso, y me permitiría al menos salir del paso. Y no había hueco a discusión. Mi primo nos miraba alternativamente, como si no supiera a quién debía apoyar en esta discusión. Mi madre finalmente aceptó mi invitación, y nos pasamos la comida hablando de otros temas, como la operación de cadera de mi tío segundo, o lo caro que estaba todo.

Mantuve un poco el tipo hasta que, bien entrada la tarde, mi madre se fue para su casa. Aproveché ese momento para volver a mi dormitorio y tumbarme en la cama, mirando a la nada. Primer día en paro y ya había roto mi promesa de ponerme a echar currículums. Me daba mucha pereza ponerme en ese momento. Al día siguiente sí o sí debía ponerme con ello.

Sonó el timbre de la puerta cuando debía llevar como media hora viendo figuras en el gotelé del techo.

—¡Primoooooooo! ¡La puertaaaaaaa! —voceé. Me apetecía levantarme tanto como pasarme una semana a base de coles de Bruselas.

Escuché cómo mi primo abría la puerta, y un murmullo. Me la pelaba bastante quién estuviera. Hasta que oí como unos nudillos tocaban en el marco de la puerta de mi dormitorio, que había dejado abierta.

—Buenas... —saludó una voz que conocía.

Levanté la cabeza y miré. Judith. ¿Qué hacía allí?

—¿Te he despertado? —preguntó con cautela.
—No, tranquila. Simplemente pensaba. No esperaba esta visita... —comenté, intentando que me diera alguna pista de por qué había venido.
—Ya... es que Álex nos ha contado esta mañana lo tuyo...
—¿"Nos"?
—Sí, Laura también ha venido. Queríamos ver cómo estabas.
—Oh... pues muchas gracias —dije—. Y bueno... tan bien como se puede estoy. Tengo que empezar a moverme para encontrar otro trabajo...
—¡Hola! —saludó Laura, apareciendo tras Judith—. ¿Cenamos algo mientras le damos consuelo? Yo tengo hambre.
—Yo también —dijo mi primo, y tuvo que marcar el número de la pizzería, porque media hora después llegaba el repartidor con dos de cuatro quesos y una de bacon y jamón.

Tenía curiosidad por saber cómo había terminado la situación de Judith con Laura después de lo que había pasado el fin de semana, pero dado que habían venido las dos, no parecía que estuviera mal la cosa. Claro que no me iba a arriesgar a hacer la pregunta en voz alta.

Después de cenar nos quedamos un rato viendo la tele, hasta que mi primo decidió irse a dormir. Laura dijo que se debía ir a casa, de forma que quedamos Judith y yo en el salón.

—Llevo toda la tarde con la pregunta en la cabeza... —le dije, una vez que me aseguré que los afectados no podían oírnos—. ¿Qué pasa al final con lo de Laura y...?
—Bueno... digamos que Laura me prometió dejar las cosas claras con mi hermano... por eso no me quería ir antes que ella, para asegurarme.

Muy astuta.

Unos minutos después, la acompañé a la puerta. Judith sonrió y de pronto, me dio un abrazo. Me lo esperaba tan poco que por unos momentos estuve en tensión.

—Verás como muy pronto te sale algo. Se nota que vales.

Y se marchó, dejandome con cara de imbécil en el marco de la puerta principal de mi casa. Volví para dentro, y me puse un rato la tele para pasar el rato hasta que me entraran ganas de dormir. Y tuve que lograrlo, porque antes de irme a mi habitación, me quedé dormido.

Por la mañana alguien me despertó. O lo intentó. Yo estaba muy a gusto abrazando uno de los cojines, con los ohjos cerrados, y el piar de los pájaros entrando por la ventana.

—Arriba —dijo una voz que en ese momento no relacionaba con nadie. Es más, me sonaba muy muy lejana, como si me hablaran de una montaña a otra.
—Cinco minutos más...

Oí fuertes pasos que se alejaban y luego que se volvían a acercar. De pronto, lo que al tacto parecía unos vaqueros cayeron sobre mi cabeza.

—¡Arriba!

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