Nueva vida, nuevos problemas (VIII)


 (previously...
Rafa ha sido despedido del trabajo, algo que le ha dejado bastante tocado)

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Capítulo VIII

—¿Pero qué...?

Me incorporé, y los vaqueros cayeron al suelo. Sí, eran unos vaqueros. De pronto, todo fue oscuridad nuevamente. Me habían tirado otra prenda de ropa a la cabeza. Me la quité. Una de mis mejores camisas. Bueno, de las dos que tenía.Miré a mi alrededor, y distinguí a mi primo. Continué mirando, y ahí estaba Teseo, mirándome con impaciencia.

—¡Va-mos! —dijo, separando las sílabas—. No creas que te vas a pasar el día tumbado.
 —Tengo sueño, joder —respondí—. ¿Para qué me voy a vestir? Hasta que abran la papelería para imprimir los currículum...
—Los currículum... —dijo Teseo.
—Sí. Es que me han echado.
—Lo se. Cierta persona, es decir, tu madre, me lo contó ayer, por si podía hacer algo por ti. Así que ya te estás poniendo esa camisa y ese pantalón. Los calzoncillos los eliges tú.
—¿Qué vamos, a cenar al Ritz? —bromeé.
—No, te he conseguido una entrevista. ¡Así que arreando, que es gerundio!

Tuve que poner los pies en el suelo y frotarme la cara con las manos para terminar de despejarme. ¿Que me qué? Me llegó un olor a café recién preparado, y sentí que mi cuerpo necesitaba uno con urgencia. Álex había tenido la consideración de servir tres tazas. Procuraría no ironizar sobre él en exceso ese día.

Me levanté para cambiarme, y salir bien arreglado, o como pudiera. Fui a mi dormitorio y empecé a ponerme el pantalón. Me lo tuve que volver a quitar cuando me fijé en que me los había puesto con la bragueta hacia atrás. Qué mal me sentaban los días así. Ya con el pantalón correcto, me abroché la camisa, intentando acertar cada botón con su ojal y no ponérmela "coja". Saqué de debajo de mi cama una caja en la que guardaba mis únicos zapatos, y gruñí al recordar el daño que me hacían. Pero si era una entrevista, me tocaba estar incómodo.

Volví al comedor, y encontré una taza de café esperándome, mientras Teseo y Álex ya degustaban la suya. Un papel descansaba al lado de la taza. Lo miré incrédulo. Era mi currículum. Levanté la mirada, para que alguien me explicase cómo lo habían obtenido.

—Te dejaste la sesión abierta de tu portátil... —comentó Álex—, así que aproveché para sacarte algunas copias. Como ayer se te veía tan apagado...

Mi conciencia me recriminó duramente todas las cosas negativas que había pensado sobre mi primo. Aunque fuera un metomentodo que... vale, lo estaba haciendo de nuevo. Me culpé por haber dejado la sesión abierta. Pero bueno... El día anterior podría haber desatado un apocalipsis zombi sólo con mi presencia. Si me llegan a oír gruñir me abaten a tiros. Mejor que me lo sacara él.

—Gracias —me acordé de decir—. ¿Y a qué hora es la entrevista?
—A la que yo te lleve —respondió Teseo, antes de morder una tostada—. Ya les he dicho que irías conmigo. Eso sí, a la vuelta tendrás que usar el Metro, que yo me quedaré.
—De acuerdo —dije. No tenía especial hambre. Pero me tenía que obligar a comer algo, pues el día anterior, con la tontería, apenas había probado bocado.
—Disculpad que me vaya ya, pero tengo clase —interrumpió Álex, bebiéndose su café en dos tragos—. ¡Suerte, primo! ¡Nos vemos luego!

Pilló la mochila de su cuarto y salió por la puerta. No dio vuelta de llave, pero no hacía falta, pues Teseo y yo teníamos que salir poco después. Nos encaminamos a su coche, arrancó, y empezó a conducir hacia la sede de Empre S.A., donde me entrevistarían. Estuve gran parte del camino en silencio. No era necesario hablar. Era un silencio calmado, no cargante. Y hubo que agradecer que a pesar de la cantidad de coches, el tráfico era fluido.

—Te entrevistará el de Recursos Pseudohumanos —me dijo Teseo, cuando estábamos llegando—. Tú estate tranquilo. Te explicará un poco por encima tus funciones y te hará algunas preguntas técnicas. Del tipo "¿Sabe usted hacer control alt suprimir?" o "¿Sabe cargar papel en una impresora?

Me callé. Sabía que Teseo no tenía las habilidades informáticas de su oficina en alta estima, pero me pregunté en ese momento si sería para tanto. O no. En cualquier caso, no estaba para nada tranquilo. La entrevista se alzaba ante mi como un oscuro acantilado, del cual debería saltar y acertar en el agua... u hostiarme en las rocas. Teseo aparcó el coche en las plazas exteriores. Salimos del coche.

Empre S.A. se alzaba ante nosotros, majestuosamente acristalado. No se distinguía de otros edificios cuyas paredes eran también cristal y cristal. Pero este era ese edificio, no uno más. Parecía... tan grande... tan lleno de gente... Salí de mis oscuros pensamientos con un tirón de brazo que me dio Teseo para que entrásemos. Caminé tras el, cual polluelo. Entramos en el edificio, donde nos recibió una amable recepcionista. Pero sin detenernos allí, Teseo me hizo pasar a los ascensores. Picó el botón de la segunda planta.

Los segundos se eternizaron. Pero todo llega, como el momento en que se abrió la puerta. Volví a seguir a Teseo, y me llevó ante una doble puerta de madera, a cuya izquierda se leía "PERSONAL". Llamó repetidas veces con la mano antes de abrir.

—¡Buenos días! —gritó—. ¿Está Lorenzo? —alguien le respondió—. Perfecto. Adelante, Rafa.

Entré tras él. Un hombre de pelo canoso, unos 40 años, y barba crecida se acercaba con una carpeta en las manos. Teseo hizo las pertinentes presentaciones.

—Rafa, él es Lorenzo Zobra, el jefazo de Recursos Homosapiens. Lorenzo, aquí tienes a Rafa.
—Encantado —me dijo Lorenzo, extendiéndome la mano. Hizo lo mismo.
—Yo me subo al cuchitril. Sube luego a contarme qué tal, ¿vale? —dijo Teseo, y sin esperar mi respuesta, salió a zancadas al ascensor y sube.
—Nosotros vamos abajo —propuso Lorenzo.

Una vez más me tocaba seguir a alguien por el edificio, de forma que acompañé a aquel viejoven por donde me indicaba, hasta llegar a una sala de reuniones bastante grande, con un gran ventanal. Se sentó presidiendo la mesa, y me indicó que me sentara a su lado.

—No creas que pretendo imponerte. Sólo que me gustan las vistas desde aquí —comentó mientras ordenaba papelotes. Le tuve que dar la razón, se veía un bonito parque desde donde estábamos—. Así que te llamas Rafa... veo que tienes experiencia en montaje de equipos... formación profesional...
—Sí —afirmé, cuando di por hecho que esperaba respuesta—. Estoy acostumbrado a trabajar cara al público.
—Bien, bien... Eso cuenta. Aquí una parte del trabajo del departamento informático —empezó a explicarme, mientras cogía mi currículum y lo revisaba— es la de soporte a usuarios. Me imagino que allí recibirías gente que le fallaban los ordenadores. Aquí te llamarían para ir a por ellos, en los puestos de los usuarios.

Asentí.

—¿Tienes conocimientos ofimáticos?
—Sí. Me defiendo lo suficiente.
—¿Inglés?
—A nivel técnico. Para manuales y eso.
—¿Trato con la gente?
—¿A qué se refiere con eso?
—Bueno... digamos que Teseo suele ser un poco... brusco en las formas...
—Ah, bueno... No, yo tengo paciencia. No podría haber trabajado en tienda de no ser así.
—Bien, bien... ¿conocimientos sobre dominios Windows?
—Sí.
—¿Redes?
—Algo.
—¿Configuración de servidores?
—También.

Hace una pequeña pausa. Sigue mirando papeles. Imagino que serán preguntas para medir mi nivel. Aguardo pacientemente.

—Supongamos que tienes que comprobar desde tu mesa que un equipo tiene red. ¿Qué haces?
—Pues... lanzarle un ping.
—Bien. Te llaman porque una impresora no imprime. ¿Primer paso?
—Comprobar que tiene tinta y papel.
—Perfecto —dice. Ojea un poco más—. Suponte que una empresa afiliada necesita permisos para acceder a una carpeta de nuestra red.
—Bueno... se le puede dar un usuario con permisos limitados... —digo. Parece esperar algo más en la respuesta—, o también crear una relación de confianza.
—Muy bien. ¿Y para que un trabajador pueda usar su portátil en casa, con los recursos de la red.
—Pues con un túnel VPN —aventuro.
—De acuerdo... Bien, creo que con esto es suficiente. Si quieres subir un momento a ver a Teseo, está en la sexta planta.
—Gracias —dije, mientras íbamos hacia los ascensores—. Y... ¿cuándo recibiría respuesta?
—Pues queremos haber tomado la decisión el viernes —me respondió—. Últimamente el departamento tiene un poco de trabajo y les vendría bien una mano extra.
—De acuerdo. Pues muchas gracias —dije, mientras el hombre llamaba a un ascensor de subida. Una vez dentro, picó los botones de las plantas segunda y sexta.
—Un placer, Rafa —me dijo, y me tendió la mano antes de salir hacia Personal. Yo aguardé mientras subía a la planta sexta, donde se suponía que me encontraría a Teseo.

Se abrió la puerta del ascensor. No iba a ser difícil encontrarle. A pocos pasos había una puerta, similar a la de la otra planta, en cuyo cartel se leía "INFORMÁTICA". Bueno, y debajo había un folio impreso en la misma tipografía que ponía "DEPARTAMENTO PSIQUIÁTICO". Y un poco más pequeño, "Keep away, luser". Cualquiera se animaría a hacerles una visita. Aunque bien pensado, ese podría ser el motivo por el cual tenían ese cartel adicional.

Llamé y esperé a que alguien me abriese la puerta, mientras pensaba en qué impresión les habría dado. La verdad, había sido una entrevista muy corta. Y eso podía ser muy bueno o muy malo. Y tal como me estaba yendo, me temía más que no iba a ser contratado. Me abrió la puerta Teseo, que estaba hablando por teléfono. Cuando entré, vi que sus dos compañeros también estaban hablando.

—Sí, bueno, lo que usted diga —dijo Teseo. Tenía el auricular en una mano, y el panel marcados en la otra, y por el suelo colgaba un cable largo. Más que largo, eterno—. ¿Pues sabe qué le digo yo? —y colgó dando tal golpe que me sorprendió que el aparato lo soportara—. Hay que ser duro. ¿Qué tal se ha dado? —me preguntó, mientras dejaba el teléfono en la mesa.
—Bien. Creo. No sé. Mal —dije, sin tener clara cual era la respuesta correcta.
—Bueno, no te preocupes —añadió—. Verás como te llaman. En fin, te presentaría, pero... —dejó la frase en el aire, y miró a sus compañeros—, me temo que están hasta arriba. En otro momento será.
—No te preocupes. Nos vemos pues —y le tendí la mano.
—Espera, que bajo contigo. Cambio de monitor —me dijo, y sacó un bonito TFT de 20" del armario—. Vamos para abajo.

Si bien fuimos para abajo, no cruzamos palabra en el trayecto. Yo tenía bastante con mi "runrún cabecil", y Teseo prefirió no inmiscuirse. Me preguntó si conocía la ruta de vuelta. "Tengo Google Maps", fue lo que le respondí. Con aquella herramienta calcularía la ruta en un momento.

Y así lo hice, una vez me despedí de él. Saqué el teléfono del bolsillo y busqué, desde mi ubicación, la ruta para llegar a mi calle. Perfecto. No iba a tardar demasiado. Incluso podría tener tiempo para ir a comprar y preparar algo decente de comer. Mi estómago me lo pedía a voces. Y no es bueno quedarse insatisfecho.

Aunque lo que más prisa me corría era llegar a casa y quitarme la camisa. Me provocaba urticaria. Metafóricamente, claro, pero aún así me resultaba incómodo el tacto de la prenda. Yo he nacido para camisetas. Por no hablar de la paranoia que me daba de tener gente alrededor pensando "Qué mal le queda, no sabe vestir". Intenté concentrarme en otras cosas mientras tanto.

Y fue mi teléfono el que me distrajo. Un mensaje. De hecho había varios, pero no me había enterado hasta ese momento. Aprovechando que quedó un asiento libre en una parada, me senté, pues aún me quedaba un cuarto de hora para llegar.

De: Mamá. "Mucha suerte hoy, hijo"
De: Papá. "Ánimo, campeón"
De: Abuela. "suertenieto.luegollamame"
De: Judith: "Tu primo me ha contado lo de la entrevista. Que tengas suerte ^^"

Por alguna razón, que mi primo fuera tan bocachanclas no me tocó la moral. Me resultó reconfortante que la chica me mandara ánimos. Aunque, evidentemente, eso no significaba nada. Por mucho que se empeñara mi subconsciente, yo debía tener claro que aquello no era ni una declaración, ni una invitación a salir. Fui respondiendo a todos con un "Gracias, luego te llamo y te cuento", porque no me apetecía ir hablando por el Metro, donde en cualquier momento podría perder la cobertura.

Llegado a mi barrio, fui a comprar. Me apetecía pollo a la plancha. Sólo de pensarlo se me aguaba la boca. Fui consciente, una vez más, del hambre que tenía. Así que aproveché el pasillo de los snacks para pillarme una bolsa de patatas fritas. A la mierda las calorias.
Subí a casa y empecé a preparar el pollo. No llevaría ni cinco minutos cuando recibí una llamada. No podía ser otra. Mi abuela. Descolgué, procurando no manchar el teléfono de pollo, y puse el altavoz.

—Hola, abuela —saludé, alzando un poco la voz.
—Hola, Rafa —respondió ella—. ¿Qué tal? Ya me ha contado tu madre lo de tu trabajo. Que vergüenza, de verdad. Tanto que has hecho por el y al final nada…

Hablar con mi abuela suponía muchas veces eso. Que te preguntara qué tal pero ella ya lo sabía, que por algo era el centro neurálgico de informa de la familia. Todo lo que ocurría pasaba por sus oídos y salía de sus labios. Aproveché para seguir cocinando.

—… pero menos mal que te han encontrado la entrevista. ¿Qué tal se ha dado?
—Creo que bien —dije, cuando supuse que ya había terminado de hablar—. Me han dicho que el viernes me dicen si me han cogido o no.
—Seguro que sí —otro rasgo de mi abuela. Que todos los nietos estamos a un nivel superior. Pasé de corregirla.
—Ya te contaré.
—¿Y qué tal viviendo con tu primo? Que no es capaz de llamarme siquiera, ay, el día que yo falte…
—Ya sabes cómo es. Está como siempre, en su línea.
—¿Y os lleváis bien?
—Sip.
—Me alegro, hijo. Que al fin y al cabo somos todos familia. Bueno, te dejo, que voy a hacer la comida.
—Vale. Un beso.
—Otro para ti, recuerdos a tu primo.

Terminé de preparar el pollo. Miré el reloj y me dieron ganas de llorar. Faltaba aún media hora para que llegara mi primo. Pues yo tenía hambre. Así que me fui para el salón, enchufé el disco duro, y me puse un episodio de The IT Crowd para esperar, preguntándome si, en caso de me que escogieran, el trabajo sería igual que en la serie.

Comí como si fuera la primera vez en años que lo hacía. Me pregunté si aquello realmente era hambre o ansiedad. La incertidumbre me estaba matando. Mi primo solo me preguntó cómo había ido la cosa una vez, sin querer insistirme.

Al día siguiente, por aquello de que me sobraba tiempo, aproveché la mañana para acercarme a algunas tiendas que me conocía de informática de la ciudad para dejar el currículum. Por la tarde, le di caña al InfoJobs. Ya que los primeros dias no me había movido, debía hacerlo ahora.

Sin darme cuenta llegó el viernes. No fui consciente porque esa noche dormí como un bendito. Me desperté con jet lag. Caminé en plan zombi hasta la cocina para prepararme el café.

—Buenos días —saludaron.

Miré para el comedor. Laura, Álex y Judith estaban allí, desayunando. Y yo, en camiseta y bóxer. Decidí que estaba demasiado dormido para preocuparme por las apariencias. Hice un gesto con la cabeza y emití un ruido parecido a "mgnos dias". Me reencaminé a la cocina buscando la cafetera.

Con el primer "chute" de cafeína en el cuerpo, empecé a despertarme de verdad. Pillé un par de magdalenas del armario y me senté con en el sillón, que habían dejado libre.

—Qué raro veros aquí tan temprano... —comenté, haciendo esfuerzos por entablar relaciones sociales.
—El profesor de primera hora no iba a venir, así que hemos decidido desayunar con calma —comentó Laura.
—¿No te habremos despertado? —preguntó Judith.
—No. La verdad, llevaba un rato dando vueltas en la cama. Hoy será otro día de echar currículums.
—¿Y la entrevista del otro día? Al final no me dijiste nada.

Ostia puta, pensé. Y era cierto. Al final se me había olvidado hablar con ella. Y fui incapaz de recordar en ese momento si al final había hablado con mis padres o no. Joder, qué desastre. Tardé en saber que decir.

—Lo siento... Es verdad. Se me fue la cabeza.
—No te preocupes —hablaba tan seria que no sabía si realmente estaba enfadada o -lo que me dolería más- le importaba un comino lo que yo hiciera—. ¿Cuando se supone que te darán la respuesta?
—El viernes.
—Hoy es viernes —me recordó Álex.

Eso fue lo que necesitaba para terminar de despejarme. Salté del sofá y corrí a mi cuarto. No era tarde, pero aún así... Estaba en silencio... Sin llamadas... Ni correos electrónicos... Mi corazón volvió a palpitar con normalidad. Caminé al comedor con calma, mientras ponía el sonido al aparato.

—Anda que... Vaya cabeza —comentó mi primo—. Podrías haber aprovechado para ponerte los pantalones.

Recordé que en mi Dropbox tenía aún una foto suya, durmiendo en el sofá del pueblo, en camiseta de tirantes y calzoncillos, con la babilla cayéndole. Y me tentó enseñarla. La foto. Pero no lo hice. No me apetecía que las chicas vomitaran.

—En fin... A ver si me llaman para algo bueno —dije finalmente, ignorando a mi primo. Me había acostumbrado a hacerlo cada vez que me salía con algo que me molestaba.
—Seguro que sí —dijo Laura, y me sonrió. Debí tener un error de percepción, pues juraría que mi primo arrugó la nariz un momento.
—Mejor si nos vamos yendo —soltó de pronto Judith, y se puso en pie. Se colgó la mochila.
—Buena idea —dijo mi primo, y la imitó.
—Qué prisas... en fin —aceptó Laura, y también se levantó. Dos contra uno era una pelea difícil de ganar.

Y se fueron en completo silencio. Pero apenas tuve tiempo para pensar en eso, pues mi teléfono empezó a sonar. Descolgué.

—¿Buenos días?
—Buenos días. ¿Rafa?
—Sí, soy yo.
—Hola, te llamo desde Recursos Humanos de Empre S.A. para comunicarte que te hemos admitido.

 

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