Ou may god (13)


Si hay algo que odio más que el calor son las gilipolleces. Y el calor del verano está perdurando hasta septiembre y eso me hincha las pelotas. Si a eso le sumamos que las neuronas de la gente de la oficina parece que siguen de vacaciones, porque si no, no me explico las cosas con las que me encuentro.

El caso es que estábamos en plena toma de decisiones en el departamento de informática: sobre si deberíamos ir a trabajar en bañador, sobre exigir solicitar aire acondicionado, sobre si Rafa debería actualizar su blog algún año de estos, sobre la vida en la Tierra antes de la vida, sobre dónde ir a comer... Decisiones importantes en la vida que deben ser tomadas y que pueden acarrear consecuencias funestas en caso de no elegir sabiamente.

Pero como siempre que nos ponemos a pensar en como conseguir la paz mundial, sonó el zumbidito del teléfono. Bzzzzzzz. Bzzzzzz. Lo aborrezco. Son años escuchando ese Bzzzzz Bzzzzzzzz insistente generado por alguna persona que tiene problemas para comprar entradas por internet o para imprimir camisetas por una matricial.

Sin embargo, la dirección de la empresa es buena y generosa y ha abierto un haz de luz para el departamento: la imposición del sistema de tickets por los Santos Cojones. Vamos, que todo el que nos quiera pedir algo debe pasar ineludiblemente por pedirlo por el ordenador. Y si se le ha escoñado, por el de un compañero. Pero que ya va siendo hora de que estos señores pidan las cosas como deben ser. El teléfono queda reservado para "es muy urgente". O para el propio jefe, que quien hace la ley hace la trampa, y este además nos paga la nómina nominae. Y que es el jefe. Sin más.

Así que miro el nombre que aparece en la pantalla y leo el nombre de Feliciano Mentero. Y busco en el programa de incidencias. Y no leo el nombre de Feliciano Mentero. Así que vuelvo a dejarlo sobre la mesa, mientras Guillermo y Rafa insisten en ir al Burrikin, mientras Dalia y yo preferimos un Mandonal.

Vuelve a sonar el teléfono. Esta vez, en lugar del mío, el de Guillermo. Bendito sistema de saltos...

—Es un tal... Feliciano Mentero... —nos comunica.
—¿Hay ticket? —pregunto.
—Pues... no —responde, tras consultar en su móvil.
—Pues no estamos.

Sin embargo, parece que nos enfrentamos a un ser de lo más insistente. Suena también el teléfono de Dalia. Y de Rafa. Y yo cagándome en sus muelas por no ser capaz de rellenar un ticket. Que si fuera más simple se limitaría a un cuadro de texto. Y de 140 caracteres, no sea que se les funda el cerebro por pensar frases complejas.

Activo el sistema de contestador que hemos activado, sin buzón de voz. Lo programé con frases que podrían desesperar al interlocutor. "¿Ha probado a apagarlo y encenderlo otra vez?", "¿Está enchufado?", "¿Está el monitor encendido?", para terminar con la frase "¿Y has puesto un ticket?". Y confío en que recuperaremos la paz y la tranquilidad.

Pero no. Una vez decidido que comeremos en el Telepicha, volvemos a nuestras mesas. Y me topo con un correíto electrónico.

       De: feliciano@empre.sa
       Para: teseo@empre.sa, guillermo@empre.sa, dalia@empre.sa, rafa@empre.sa, informatica@empre.sa
       Asunto: Ayuda
       Mensaje: Oye, que no me respondeis el telfono.UNa pregunta.¿como puede facturar un proveesor? Gracias

Pongo los ojos en blanco al leer el correo. En serio, ¿preguntando a todo el departamento de informática por cómo facturan los proveedores? Y encima el tontopolla este.

Esto me pone malo por varias razones que voy a enumerar.
La primera, que yo no soy gestor. Ni proveedor. Cómo tengan que hacer su trabajo no es mi puto problema saberlo.
La segunda, que lamentablemente en nuestro oficio esta directriz a todo el mundo se la suda. Y quieren que sepamos y que ayudemos a la gente con esas mierdas que nos debieron enseñar en clase justo los días que faltábamos porque nos poníamos malos.
La tercera, que hay un puto manual que hemos distribuido hasta la saciedad para que los proveedores sepan cómo deben hacer las facturas, explicado paso a paso con pantallazos.
Y la cuarta, que este tío lleva los suficientes años en la empresa como para poder ayudar él a los proveedores, que es su maldito trabajo, y que se lo hemos explicado alguna vez ya. Pero ni por esas.

Le envío el PDF con las instrucciones para proveedores, para que se lo envíe y se le atragante el ancho de banda. Ya me han puesto de mala ostia. Al siguiente que me venga con alguna gilipollez, me lo como. Sin sal ni nada

En ese momento llega un aviso al programa de incidencias. Un alta de usuario. Miro los adjuntos... el formulario de alta correctamente cumplimentado. Qué bien. Por lo general, la gente no se lleva bien con guardar los cambios después de editar el documento. E imprimir en PDF para algunos es un hándicap. Pero está todo correcto.

Pues no. Hay algo ahí que no me cuadra. "Solicita un Mac". ¿Comorl? ¿Desde cuando? Marco presto el teléfono de Recursos PseudoHumanos. Responden al quinto tono. Perfecto.

—¿Teseo?
—Mismamente. ¿Qué es eso de que la nueva alta pide un Mac?
—Ah, pues eso. Que quiere usar Mac. Que son mejores, y que lo quiere.
—Y eso lo ha decidido...
—La dirección. Parece que se lo aprobaron. Cuando las entrevistas.
—Bueno, pues si hay permiso, hay permiso. Ahora se lo bajaré.

Quien dice "ahora" dice que me voy a tirar mi tiempo con el Mac. Levanto el culo de la silla y abro el armario de la segunda mano. PCs y PCs acumulados que se han quedado obsoletos, y que que bien tenemos para "ir tirando" en caso de rotura, o para arañar componentes para otro ordenador. Síndrome de Diógenes Informático, o algo así. Y entre tanto PC, un Mac. De las que la caja pesa un muerto, y los componentes, otro. Arreo con la máquina y la dejo sobre mi mesa. Delicadamente. El terremoto no pasó de la provincia. Joder, lo que cuesta mover este bicho.

Me tiro un rato configurando el bicho. Lo primero, comprobar que los datos del viejo usuario (como no, de Diseño) ya no estaban en la máquina. Luego le copio los accesos para que pueda acceder al dominio de Windows así como copiarle los accesos a las aplicaciones para que remotamente se ejecuten en Windows sin que ella lo note. Una ñapa de la leche, y una infrautilización de cojones, pero qué sabré yo. Si dice que Mac es mejor, es mejor. No se para qué, pero lo es.

Luego subo el cacharro al carro que tenemos para llevar cosas sin dejarnos las vértebras. Le añado el monitor, teclado, ratón, de la misma marca, y subimos donde se supone que se va a poner a trabajar la nueva máquina orgánica. No ta. Pues mejor. Le dejo todo montado, y me voy volviendo al cuchitril.

Apenas me siento en mi sitio, entra un ticket en la cola. El mejor que he visto en la vida.

        Categoría: Otros
        Problema: AYUDA

Y sin despeinarse. Y porque el programa tiene un login que nos informa de quién es la incidencia, que si no, cualquiera se anima a ir llamando uno por uno. Decido que lo mejor es eliminarlo. Me da igual quien lo haya puesto. Pero mi mano no se ha acomodado al tacto del ratón cuando suena el teléfono. Feliciano. Obviamente.

—Cofradía del Quadcore, ¿ha probado a apagar y encender otra vez?
—¡Oye!
—Oyo.
—¿Con quien hablo?
—Conmigo.
—Ah, pues escucha.
—Mal que me pese. ¿Quién eres?
—Feliciano. ¿Y tú?
—No, yo no lo soy —ya que me va a hacer perder el tiempo... demos el doble de lo que recibimos.
—Ah, pues escucha. Que el proveedor me dice que no funciona.

Guardo silencio durante medio minuto. Suspiro profundamente.

—¡Oye!
—Que oyo, digo.
—¡Que no me respondes!
—Porque con tanta información me pierdo. ¿Qué proveedor, qué no funciona? ¿El de la máquina de café, que se le ha roto? ¿El de las chucherías? ¿La furgoneta que reparte el pan?
—No, uno que nos tiene que poner la factura.
—¿Y qué le pasa?
—Pues que no funciona.

Me tienta. Me tienta mucho colgarle. O apagarle el equipo en remoto, que desestresa mucho.

Thanks, Captain Obvious. ¿Qué es lo que no le funciona?
—Que no puede entrar.
—Te he mandado el manual hace media hora —le recuerdo. En este rato han aparecido más tickets en cola.
—No, si se lo he mandado.
—¿Entonces? —pregunto. Dalia se asigna una tarea.
—Pues que no le funciona.
—¿Pero ha hecho lo que pone? —Guillermo se asigna otra tarea.
—Me dice que sí.
—Vale, dame cinco minutos.

En lo que Rafa se asigna el ticket que queda, le echo un vistazo a la aplicación que entregamos a los proveedores. Busco la información del que provee. Meto sus datos en la aplicación, que tiene dos usuarios y claves de paso. Funciona. Salgo. Entro de nuevo. Me manejo por ella, y veo lo que tiene pendiente de facturar. Como me imaginaba, funciona. Lo hago ahora siguiendo el manual/guía borricos que les preparamos, que apenas difiere de cómo lo he hecho. Marco la extensión de Feliciano.

—Oye, que la aplicación va genial. Te la reenvío con el manual de nuevo para que se lo mandes.
—Vale, gracias. ¿Y si le falla?
—Pon otro ticket —le indico. En ese momento aparece uno más en la cola—. ¡Pero todavía no!
—¡No, si yo no he sido! ¡Te dejo que tengo que trabajar!

Y a mi también me gustaría, criatura, pero que no hay forma. Abro el ticket.

        Categoría: Mac
        Problema: Mi nueva compañera, Mac Dalena, solicita ayuda de un informático con respecto a su Mac. Gracias.

Mi intuición femenina me dice que estoy a punto de conocer a la solicitante del Mac. Y que me voy a reír. Pero bueno, vayamos para allá. Por suerte, con el sistema de tickets tenemos la ubicación de quién nos solicita las cosas. Como cuando llaman por teléfono se piensan que sabemos quienes son, dónde se sitúan, y la relación que tienen con sus padres, decidí aprovechar la base de datos de Recursos Infrahumanos para saber dónde ir.

—¡Oye, ven un momento! —dice un zombie que sale a mi paso. Ah, no, es un humano entrajeado, encorbatado, y engominado.
—Voy un prisa, pon un ticket...
—¡No puedo! ¡No enciende mi ordenador!
—Pues llama y que te lo miren, a mi me reclaman para...
—¡Por favor!

Ostias. "Por favor". ¿Qué querrá decir eso? Dispuesto a conocer el lenguaje extraño en que me habla, le sigo para su habitáculo. Mira nervioso hacia mi, y a su ordenador. Me acerco. Botón power. Nada, vale. Desenchufo. Cada puesto dispone de 6 enchufes. Monitor, torre, lámpara, y tres adicionales para el cargador del móvil o que jueguen a meter los dedos. Lo pongo en otro. Ah, pues tampoco. Ni el monitor tiene el led encendido. Y la lámpara...

—Bueno, pues esto no lo puedo arreglar.
—¡No jodas! ¡Pues vaya un informático!
—Es que tu problema no es informático.
—¿Cómo que no? ¡Si no se enciende!
—Claro. ¿Y la lámpara?
—Tampoco. ¿Y eso que tiene que ver?
—Que se te han jodido los enchufes, macho. ¿No se te habrá caído agua?
—¡No! —me responde, poniéndose colorado.
—Bueno, es igual. Que te busquen al de mantenimiento.
—¿No lo puedes arreglar tú? —me pregunta con cara de cordero degollao.
—Pues no, lo siento en el alma —mentira. No lo siento y sí tengo conocimientos de electricidad. Pero si se lo arreglo el de mantenimiento va al paro.

Con paso ceremonioso me acerco de nuevo a mi objetivo, intentando esquivar los posibles poyaquestásaquí, pensando en ponerme un cartel en plan "Libre/Ocupado" como los taxis para ir por la oficina. Me llego al puesto de Dalena. Una mujer de unos treinta años de cara normal, cuerpo normal, vestuario normal... La típica persona que te cruzas por la calle y no le das importancia porque es "normal". Al lado, su compañera, que si la memoria no me falla se llama Yolanda, alias Layoli. Ambas me esperan con los brazos cruzados.

—Buenos días, ¿que pasa? —les pregunto, metiendo las manos en los bolsillos.
—Aquí, Macda, que te quiere preguntar unas cosas —dice Layoli, como si fuera su intérprete.
—Pues tú dirás —digo, mirando a "Macda" y balanceándome sobre mis pies.
—Que me enseñes a usar esto —me suelta. Con el mismo tono de voz del que se queja del olor a mierda.
—¿"Esto" qué?
—El cacharro este. Que no sé cómo va.
—Que el MEV me libre de hacer prejuicios, pero... ¿para qué me pides un Mac si no sabes usarlo?
—¡Porque son mejores, lo dice todo el mundo! ¡Yo pensaba que esto era como Windows pero mejor!

Con toda la educación que consigo reunir, le explico que por mis cojones le voy a explicar a usar un Mac, que le voy a poner un ordenador con Windows, y de paso que ni se le ocurra pensar que le voy a liberar el iPhone. Por si se le ocurre. Le doy un telefonazo a Rafa para que me traiga un ordenador de los que tenemos en el armario, de esos que ya hemos formateado y tienen todo listo para trabajar. Entre los dos tardados tres minutos en quitar el mamotreto del Mac que monté antes y dejar el puesto normal operativo. Mac Dalena y Layoli desaparecieron hace rato. Habrán ido a cafetear. Y eso me da envidia.

—¿Un café? —le pregunto.
—Vale. Pero han llamado preguntando por tí.
—¿Quien?
—Un tal... No se qué Mentero... No recuerdo el nombre.
—Bueh. Pasando. Me imagino que no ha puesto ticket.

Nos fuimos a la máquina del café, y sale primero mi café y luego el de Rafa. El primer trago lo tomamos en silencio. El trago me recuerda por qué suelo bajarme al bar en lugar de beber este sucedáneo de café con sucedáneo de leche. Pero bueno. Por un día...

—¿Cómo se va dando la mañana? —le pregunto.
—Bien. Bastante que hacer, la verdad. Pero así me entretengo.
—Bueno, para eso también tenemos acceso a Netflix. Y con fibra óptica —le recuerdo.
—Sí, esta tarde, que después de comer es cuando hay menos trabajo.
—Porque se echan la siesta estos cabrones —bromeo. Me termino el chupito de café—. Y por cierto, ¿qué tal con Judith?

Pero antes de que me pudiera informar al respecto, se abrió la puerta del departamento de Gestión. Un hombre de cincuenta años, canoso, arrugado y manchas de sudor en las axilas de una camisa pasada de moda viene a por mí. Lamento mi suerte por no poder usar la teletransportación.

—¡Teseo! ¡Menos mal! ¡Te he llamado un millón de veces!
—Dudo mucho que hayan sido tantas. ¿Qué te pasa, Feliciano?
—¡Que el proveedor no puede entrar!
—¡Pon un ticket!
—¡Ven!
—¡Pon un ticket!
—¡Ven!
—¡Pon un ticket!
—¡Teseo, por favor, que la factura lleva un año sin cobrarse!
—Pues poca prisa ha tenido el cabrón —comento. Me giro a Rafa—. Luego subo. Voy a ver qué le pasa al gestor.

Acompaño al frenético Feliciano. Llega mucho antes que yo, por supuesto, pero me gusta caminar despacio. Localizo una silla vacía y la arrastro para ponerme a su lado.

—A ver, alma de cántaro, ¿qué le pasa?
—Mira, esto.

El proveedor ha tenido la idea de enviarle un pantallazo. Guay. La pantalla de login en la primera validación. Y parece que está bastante claro el problema.

—Eso es que no lo esta haciendo bien.
—Mentira, él dice que lo esta haciendo bien.
—¿Y a quién vas a creer? ¿A mi o a el? —le reto. Parece dudar—. Mira.

Saco el programa. Saco el manual. Lo abro todo. Sigo las instrucciones leyendo en voz alta. Quizá demasiado alta. Me la pela. Vuelve a funcionar. Parece que le he convencido. No el todo, pero queda demostrado que funciona.

—No está metiendo bien las credenciales. Que tenga cuidado con el usuario y la contraseña. Que las ponga a mano sin copiar y pegar. Que lo ponga primero en el Bloc de Notas para verificar que está bien.
—Pero...
—Si vuelve a tener problemas, que ponga un ticket.

Me levanto y subo de nuevo al departamento. Quizá ahora pueda sacar un rato para ir documentando el cableado, que lo toco tan poco que apenas recuerdo cómo lo tenía hecho. Y hay cables que sustituir...

—¡Oye, Teseo!
—¿Eh? —me giro. Una camisa con corbata me habla.
—Un pregunta, ¿tu no tendrás una copia de las llaves de los cajones?
—... —tardo unos segundos en digerir la burrada—. ¿Cómo?
—Es que me la he dejado en casa, y como los informáticos lo guardáis todo...
—Claro, ahora te a mando en ZIP para que la extraigas... —ironizo.

Qué por que tendré yo que tener copias de la llave de la gente. O saber cuáles son sus armarios (verídicos). Pero bueno, me queda el consuelo de que en nuestras cuatro pareces estaremos tranquilos y en paz, a salvo de burradas y atendiendo a lo importante...

Inocente de mi. Hay voces en el despacho. Y entro. Los dos responsables de Comercial, discutiendo con Dalia.

—¿Qué son esas voces?
—¡Hombre! ¡A tí te andábamos buscando, responsable del departamento de IT! —me dice uno con un tono que me dieron ganas de partirle una silla en el cuello.
—¿Y qué puede hacer este responsable de IT por estos responsables de Comercial? —pregunto, armándome de paciencia.
—Que dice Dalia que no nos va a hacer lo que hemos pedido.
—¿Y qué habéis pedido?
—¿No lo sabes?
—No. Como soy tontito...
—Pues mira.

Veo como con su pezuña le da la vuelta al monitor de Dalia. Un ticket. Lo leo. Que les movamos los ordenadores y las mesas a su nuevo despacho.

—Bueno... no pasa nada —digo, sorprendido por la negativa de Dalia, pero ya lo arreglaría con ella—. Os los desmontamos, y cuando tengáis las mesas, os los ponemos.
—No, no, no —dice el segundo, que parece ser más tonto que el primero—. Nos lo tenéis que mover todo.
—Los cojones.

Silencio. No se esperaba la contestación. Le sostengo la mirada. Él parece más concentrado en mi frente. Me daría miedo si fuera un robot con lásers.

—¿Por qué no?
—Porque de eso se ocupa el de mantenimiento de desmontar, y los del almacén de moverlo.
—Dicen que no pueden. Están ocupados cargando y descargando.
—Cuando tengan tiempo entonces.
—Es que estamos recibiendo un montón de materias que deben pasar a fabricación, y hasta la semana que viene no podrán —dice el primero. Como si me importara.
—Pues la semana que viene.
—¡Pues tiene que ser hoy!
—¡De acuerdo! —acepto. Se quedan ojipláticos—. No os preocupéis. Id a tomar un café, y en seguida estará hecho.
—¡Hombre, gracias! ¡Por fin se puede contar contigo!
—¿De dónde a donde os tenemos que mover? —pregunto, sacando el plano del edificio.

Me lo explican sonrientes. Y se van. Se van contentos. Contentos porque han puesto sus pelotas encima de las mías. Porque sé quienes son y que me pueden buscar la ruina. Bueno... más bien la risa. Me voy con Dalia al sitio donde están ahora, con una sola ventana que ilumina toda la estancia, y desmontamos. Luego vamos a su nuevo habitáculo, en un rincón amplio, con dos ventanales desde los que se ve la ciudad entera y parte de la siguiente. Montamos las cosas y nos subimos, echándonos unas risas.

—Sí, sí, yo se lo... ¡Teseo! —dice Guillermo al verme entrar. Tiene el teléfono en la oreja—. ¡Toma, es para tí!
—Gamelo —digo al auricular.
—¡Teseo! ¡Oye!
—¿Lo cualo de que, Feliciano?
—Que ya, que ya ha podido entrar.
—Ahm.. ¿y que era?
—Pues que me ha dicho que no se estaba leyendo el manual.

Joder... Hijo de un mandril y una hiena... El tiempo que le hacen perder a uno.

—Pues me alegro. Ale, que usted lo gestione bien.

Y cuelgo. Ay, qué estrés. Qué dolor de cabeza. Qué caídas en la cuna tuvieron algunos humanos para quedarse así de tontos.

Cuando llega la hora de comer nos bajamos a disfrutar de la pizza. Guillermo y Rafa se ríen cuando les contamos lo que ha pasado con los Comerciales. Así, con mayúsculas.

A la hora de subir, tenemos visita. Otra vez ellos. Los Comerciales. Antes de que hablen me tengo que reír. Me sale de dentro. Les pregunto con la mirada qué pasa.

—¿Vosotros de qué vais?
—Nosotros de nada. De hacer nuestro trabajo.
—¡Y una leche! ¡Eso no es trabajar! ¡Venid ahora mismo!

Sonriente, les acompaño a su habitación ventana-dual. Guillermo, Dalia y Rafa me siguen. Vamos a pasarlo bien en compañía, coño. Entramos al despacho. Y miro mi obra de arte.

—¡¿Lo ves?! ¡¿Qué es esto?! —me pregunta con evidente enfado.
—Pues vuestros ordenadores, claro —respondo en tranquilidad.
—¡¿Y las mesas?! —dice el otro, con el rostro desencajado.

Y es que sólo llevamos sendos ordenadores. La caja, el monitor, teclado, ratón, teléfono, y el cable de red. Y como no había mesas, los dejamos en el suelo, cableamos todo bien, y nos fuimos.

—Yo que sé, chico, ¿habéis hablado con los del almacén?
—¡Que están ocupados! ¡Y encima el de mantenimiento está de baja!
—Pues entonces tenéis dos opciones: u os esperáis aquí a que os traigan las mesas, u os volvemos a poner el ordenador donde estaba antes.

Al final decidieron esperar una semana a que se les pudiera mover en condiciones. Que no es normal que la gente asocie el ser informático con mover muebles, saber dónde están los armarios de cada uno, tener copias de llave, cambiar una bombilla, arreglar la pata coja de la mesa, o mirar el grifo que suena raro.

Necesito vacaciones, o que alguien me pegue la gripe. Quiero descansar.

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