El plan. Capítulo I.

—Hasta mañana —dijo mientras se despedía de sus compañeros de trabajo.

A la hora de la salida siempre colapsaban los ascensores y solía bajar las dos plantas a pie con algunos otros que también parecían con demasiadas ganas de irse como para esperar. De forma que tras hacer mucho ruido en los peldaños aquella tarde de jueves, despedirse de las chicas de Administración que estaban en el rellano, y salir el primero por la puerta, se encaminó a su coche. Alguno intentó ofrecerle tomar una caña, pero alegando que tenía que hacer cosas para la casa, se disculpó y se metió en el vehículo.

Tuvo que esperar un par de minutos hasta que una riada de coches le había dejado incorporarse a la vía, y con total tranquilidad condujo por las calles de la ciudad hasta que el GPS le indicó que había llegado a su destino, una callecita pequeña, en la que apenas entraba un coche al lado de una hilera de vehículos aparcados. Por suerte para él, encontró aparcamiento cerca de un bar. Bajó con el maletín de su portátil, y entró en el local. Localizó un sitio para sentarse en una mesita. Se acercó antes a la barra a pedir un café con leche. El camarero se giró para poner la cafetera en marcha. Pocas personas, un murmullo tímido ocupaba el ambiente. Lo más animado, un programa de televisión al que habían quitado el volumen. Se sentó en la silla, y abrió el portátil. Lo encendió y abrió la sesión.

Se acercó el camarero con su café mientras el portátil se conectaba a la red WiFi. A continuación, ejecutó un programa. Estableciendo conexión privada, pudo leer en la pantalla. Aguardó con paciencia, hasta que el mensaje cambió a Conexión establecida. Inició el programa de mensajería instantánea, y tecleó.

"Buenas tardes, Londres".

Esperó treinta segundos, y en ese momento, sonrió al escuchar que alguien tecleaba a su espalda. De pronto el tecleo cesó, y apareció en su pantalla un mensaje en respuesta.

"Buenas tardes, Dublín".

Tres meses antes...

Ninguno de los dos se hubiera esperado la loca idea que se les había ocurrido aquel día. Eran dos personas completamente normales, que trabajaban en una oficina completamente normal. Londres era una de las chicas del departamento de Administración. Llamaba la atención por la eficiencia en la que gestionaba toda la documentación que pasaba a diario por sus manos. Sin embargo, el puesto no era nada del otro mundo, y llevaba los suficientes meses estancada como para querer hacer un cambio en su vida.

Dublín, por su parte, apenas había aterrizado unas semanas antes en la oficina. Su trabajo en Contabilidad era tan impecable que más de un compañero le había pillado manía en muy poco tiempo, ya que no toleraba el descuadre de la más mínima cifra. Especialmente los de Comercial. Pero no era su problema. Estaba contratado para algo, y así lo hacía.

Probablemente no se les hubiera ocurrido nada de aquel plan si no hubieran acabado un día comiendo juntos por casualidades de la vida. Eran las dos del mediodía. Normalmente nunca coincidían a la hora de comer, pero Dublín había tenido una mañana demasiado ocupada como para hacer una pausa, y su estómago rugía antes de lo habitual. Calentó la fiambrera en uno de los microondas que había instalados, y buscó un sitio donde sentarse.

—¿Está libre? —preguntó a Londres, aunque aún no sabía quién era ella, siendo el asiento de enfrente el único sitio sin ocupante.
—Adelante —ofreció ella mientras continuaba comiendo.

Ninguno se fijó en el otro desde el primer momento. Simplemente eran dos compañeros que se cruzaban en los pasillos y realizaban sus tareas. Pero fue una frase aislada la que desencadenó el inicio de una conversación.

—Idiotas... —dijo Londres.
—Gracias —respondió Dublín con ironía, sin saber si el comentario iba hacia todos los presentes en la sala o no.
—¿Qué? ¡No! ¡Estos idiotas! —dijo ella, y le mostró la pantalla de su teléfono.
Este lo tomó en las manos. Londres estaba leyendo las noticias, y la que había llamado su atención estaba a la vista.

Descubiertos los atracadores al banco por subir el video a YouTube
Desde que el pasado martes el atraco al banco por la noche pillase por sorpresa a toda la comunidad, la policía no había tenido indicios de quiénes habían sido los responsables del "golpe". Sin embargo, en las pasadas horas, un video de un coche conduciendo a mayor velocidad de la estipulada se viralizó en el popular sitio de videos de internet.
Los comentarios que podían escucharse en la grabación daban a entender la huída de una escena del crimen. Las calles que se podían distinguir en el video fueron los que dieron las últimas pistas, siendo el cabecilla de la banda arrestado a primera hora de la mañana. "J.S.", de 45 años, no ha dudado en desvelar la identidad de sus cómplices, después de haberse descubierto en su casa un efectivo de varios cientos de miles de euros...

—Sí, definitivamente, hay que ser imbécil para hacer esto... con lo bien que les había salido —comentó Dublín, y le tendió el teléfono de vuelta a su compañera. Se presentó.
—Encantada —respondió Londres, y le dio su verdadero nombre—. Con lo complicado que debe ser hacer esto sin que te pillen.
—La gente es idiota. No soportan la idea de hacer algo sin que los demás se enteren. "Eh, mirad, acabo de atracar un banco y me voy a ir de rositas, vosotros sois gilipollas por no hacerlo, admiradme".
—Bueno, bueno, menos humos —rió ella—. A ver si te crees que es cosa fácil hacer eso.
—¿Acaso crees que no lo es? —respondió el hombre.
—¡Oh, en serio! —no se podía creer que el otro hablara con total tranquilidad de un tema como atracar un banco—. Perdone usted, no sabía que tuviera un plan para atracarlo.

La sonrisa enigmática de Dublín la desconcertó. Tenía que estar de broma, por supuesto. Nadie cometería la imprudencia de revelar su plan de aquella forma. Pero sin embargo, algo llamaba su atención. No, era imposible. Tal vez por ese humor macabro no solía caer simpático en la oficina. Y aún así, tenía que preguntarlo.

—No lo tienes, ¿verdad?
—Claro que no —dijo, pero no la convenció.

Este terminó de comer, recogió rápidamente, y se fue de allí a seguir trabajando. Pero a Londres había una cosa (entre otras) que no le gustaba, y era que se acabasen las conversaciones de aquella manera. Así que acabó también rápidamente, y salió detrás de Dublín. Le alcanzó a la altura de la máquina de café.

—Oye, tú. No me ignores. ¿Me estás vacilando? ¿Has diseñado un plan para...?
—Sssssssh. ¿Quieres hacer el favor de no gritar? —gruñó él entre dientes—. No es nada serio, ¿vale? Simplemente... estuve pensando en cómo lo haría yo después de enterarme de ese atraco.
—Qué alivio que una persona de la que dependen las cuentas de la empresa esté pensando en atracar un banco. ¿Me lo enseñas?
—Estás de coña.
—Eso pensaba yo, pero me ha llamado la atención. Venga, ¿qué tiene de malo? No me voy a chivar —dijo con tono de niña pequeña.
—Aquí no. Cuando salgamos de la oficina.

Dublín acabó la jornada de trabajo. Algo en Londres había llamado su atención cuando habían comentado la noticia, pero por su parte había hablado de más. Estaba en un lío y debía enseñarle lo que había planificado. A no ser que se escabullera un poco antes de la oficina, claro. Ya pensaría qué hacer a la larga. Tal vez podría mostrarle alguna basurilla. Un plan falso, lo bastante malo como para hacerle perder el interés. Sí, podía encajar. "Me hice el interesante" como excusa.

Lo que él no tenía dentro de sus planes de la tarde era el hecho de que Londres ya le estaba esperando en la puerta. Mierda. Pero intentando aparentar normalidad, salieron de la oficina en completo silencio, al coche de él. Este sacó del maletero un papel en din A-3 escrito a bolígrafo. Aquello ya le gustó poco a Londres. Con el papel bien doblado se metieron en una cafetería cercana, metiéndose en el rincón más alejado del bullicio.

Londres examinó el papel mientras Dublin golpeteaba la mesa con los dedos, expectante. Finalmente ella dejó el papel aparte y dio un trago a su café antes de darle su veredicto.

—Un poco malo, ¿no crees? —dijo—. Si quisiera entregarte a la policía con esto se echarían a reir.
—Es un esbozo. Como ya te dije, no es nada serio.
Aún —puntualizó ella—. Si tienes esto... significa que lo planeas de verdad.
—¿Y qué si es así? —respondió Dublin, irritado—. Tú misma lo has dicho, es malo, esto no podría salir bien de ninguna de las maneras.
—Desde luego. De acuerdo a esto... es como si pretendieras hacer tú todo por tu cuenta.
—¿Crees que es fácil encontrar gente para hacer esto? Olvídalo, es papel mojado, ¿vale? Ya te he dicho que no va a salir adelante. Así que, si me permites, voy a pagar los cafés y no volveremos a hablar de esto.
—Espera —dijo ella cuando él se levantó—. Siéntate.

A Dublin no le gustaba recibir órdenes. Estaba irritado. ¿En qué momento había decidido sentarse frente a ella a la hora de comer? Pero qué remedio. Volvió a la silla, pero en ese momento detectó un cambio en la expresión de Londres. Ya no había una mezcla de curiosidad e incredulidad. Estaba muy seria.

—Necesitas ayuda con esto —dijo señalando el papel—. Yo puedo ser esa ayuda.
—¿Me estás vacilando? —soltó él, incrédulo—. Si apenas nos conocemos.
—Exacto. Somos dos desconocidos. ¿Qué probabilidades habría? —sugirió ella—. Yo estoy harta de trabajar allí. Dar un "golpe" que me solucionase la vida... estaría genial.
—¿Cómo puedo fiarme?
—No puedes —reconoció ella—. Ni yo tampoco de ti. Pero somos lo único que tenemos para cumplir esto. Podemos mejorarlo. Y podemos hacerlo mejor que esos imbéciles que no se les ocurre otra cosa que proclamar a los cuatro vientos su delito.

Dublín se acomodó en la silla mientras reflexionaba. Era cierto que no se conocían. Pero la chica parecía ser inteligente. Él, definitivamente, no podía hacerlo solo. Por su cuenta, como mucho, conseguiría ser abatido a tiros apenas entrando en el banco. Necesitaba su ayuda.

—Muy bien —respondió—. Pero desde este momento no volveremos a mencionar el tema. ¿Tienes ideas? —quiso saber.
—Algunas. Empezando por dónde deberíamos...
—De acuerdo. Ya hablaremos de esto entonces. Y si me disculpas, debo irme, aún no he puesto la lavadora —interrumpió el chico—. Buenas tardes... Londres —la apodó.

Al día siguiente, "Londres" llegó a la oficina a su hora habitual. Después de pillar un café en la máquina, fue a su mesa, y se encontró con un pendrive encima de la misma. No entendió nada al principio, pero se lo guardó disimuladamente en el bolsillo.

Cuando volvió de comer, encontró un post-it amarillo sobre el que se podía leer un breve mensaje. "A las ocho", era lo único que ponía. Eso empezó a escamarla. A pesar de todo, aquello solo podía tener un sentido. Dublín. Le gustaría saber qué era lo que planeaba. Pero por supuesto, eso rompería la estrategia que habían hablado el día anterior. No debían cruzar más palabras de lo habitual en público, que era lo mismo que decir que no debían cruzar palabras. Eso no le gustó.

Salió de la oficina con tiempo de sobra. Llegó a su casa con tiempo de sobra. Se puso a ordenarla y recogerla con tiempo de sobre. Y a las ocho menos diez pensó que sería buen momento de abrir el portátil y ver qué había en el pen-drive de las narices. Aguardó a que terminase de abrirse la sesión, y lo introdujo en el puerto USB.

Una carpeta con dos archivos. Un instalador y un texto. Abrió el segundo en primer lugar, que se llamaba "leeme".

el usuario es londres. la contraseña es 53rd0L. elige la tercera conexion.

Así que un usuario y una contraseña. "Este es capaz de haberme metido algún virus con esta mierda", pensó mientras, resignada, instalaba el programa. Tres minutos para instalarse. Cinco para las ocho. Al fin terminó de instalarse. Lo ejecutó. Una pantalla en blanco con apenas tres opciones. Un menú desplegable y dos cajas de texto. Marcó la tercera conexión del desplegable, y puso el usuario y la contraseña que había en el archivo "leeme".

No tardó en entrar en una especie de chat. No era lo más elaborado del mundo. Solo se veía en la parte superior un aviso en letras negras que rezaban "Dublín está conectado", y en la parte de abajo una caja de texto para escribir. Pero antes de poder hacerlo, apareció un texto sobre dicha cajita:

Dublín. 20:00: Buenas tardes, Londres.

Sonrió. Definitivamente, era él.

Londres. 20:01: Buenas tardes.
Londres. 20:01: ¿Por qué "Dublín"?
Dublín. 20:02: Porque no vamos a utilizar nuestros propios nombres, claro. :guiño:
Londres. 20:04: Bueno, está bien saber que algo tenías bien pensado.
Dublín. 20:05: Este canal es completamente seguro. Nadie podrá rastrear nuestras conversaciones.
Londres. 20:05: Genial.
Londres. 20:06: ¿Qué tienes que contarme?
Dublín. 20:07: Yo hoy poco.
Dublín. 20:07: Ayer dijiste que mi plan no era el mejor. Me encantaría conocer cómo lo mejorarías.
Dublín. 20:08: Socia.
Londres. 20:09: Vale. Te cuento

Empezaron aquella tarde dejando claros los términos de su "acuerdo comercial", como decidieron llamarlo. Lo mejor para ellos sería evitar que se les detectara hablando de algún tema no laboral. Sólo por aquel sistema de chat cifrado tendrían contacto entre ellos para seguir planeando. Jamás usarían sus verdaderos nombres.

En cierto momento habían pensado en qué pasaría si alguna vez coincidían fuera de la oficina, y decidido que lo mejor sería actuar de un modo cortés pero distante, pero en la medida de lo posible, no coincidir mucho. Establecido todo eso, habían empezado a pulir el plan. Había que empezar por definir claramente el objetivo.

Y ahora...

"Se me hace raro que coincidamos en el mismo bar", tecleó él rápidamente. "No es lo que solemos hacer".

Aprovechó para revisar su correo mientras aguardaba a que su interlocutora respondiera.

"Lo sé, pero he pensado que también cabía en lo posible que coincidiéramos en un bar sin darnos cuenta de la presencia del otro. ¿Tienes lo que comentamos?"

Dublín suspiró antes de responder. Sí, lo había conseguido finalmente. La parte de todo el plan que más se temía que no podría conseguir, y por ende, imposibilitaría la ejecución del plan maestro que habían estado cultivando las pasadas semanas. Las armas. Un total de cuatro pistolas. Cada una con un cargador de hasta 30 balas. Adicionalmente, otros cuatro cargadores repletos.

Espero no tener que usar esa mierda contra nadie, pensó mientras escribía a su interlocutora. Era otra de las partes de su acuerdo: ninguno de los dos quería matar a nadie. Simplemente, conseguir una fortuna.

"Sí, ya las he conseguido. Supongo que querrás que te pase las tuyas".

—Por favor, ¿me pone otro café? —pidió al camarero. Se dio cuenta de que tenía la voz un poco ronca antes de hablar con él.
—En seguida.

"Sí. Necesito saber qué voy a usar. ¿Te han parecido cómodas en la mano?"

Recordó el frío metal en su mano.

"Son cómodas, pero parecían un poco pesadas".

Tac, tac, tac, tac... Escuchaba cómo ella seguía escribiendo.

"Definitivamente, tengo que probarlas. Por eso quería que vinieras".

Escuchó un golpecito de clic a su espalda. Una silla moviéndose. Y una mujer que pasó a su lado en dirección a los servicios. Justo al pasar donde su mesa, cayó un objeto. Era la llave de un coche. Dublín estiró la mano y se la guardó en el bolsillo rápidamente.

"¿Qué quieres que haga con esto?", preguntó, aunque sabía que hasta que Londres no regresara no recibiría respuesta. El camarero se acercó en ese momento a servirle el café. Le faltaba un poco de azúcar, pero era el menor de sus problemas en esos momentos.

"Tengo el coche aparcado aquí", fue el primer mensaje que leyó de vuelta, seguido por una dirección. "Es un Volvo rojo. La matrícula es esta", siguió leyendo. Intentó memorizarlo, en cuanto cerrasen la sesión de chat, los mensajes se perderían para siempre. "Hoy no voy a cogerlo, así que... las puedes dejar en cualquier momento de la noche".

"Recibido. ¿En el maletero, supongo?"

"Sí. Si están bien... creo que podríamos hacerlo en una semana".

"Es un poco precipitado, ¿no?"

"Si esperamos a estar preparados nos pasaremos la vida esperando. Yo no aguanto más en esa oficina. ¿Y tú?", escribió ella rápidamente. Se le iban a derretir las huellas dactilares.

"Tampoco. Simplemente, no contaba con que llevaríamos el plan a cabo".

"Cuento contigo, Dublín. Voy a irme ya."

"Buenas tardes".

Oyó como a su espalda cerraban un portátil deprisa. No miró mucho mientras veía a Londres acercarse a la barra, dejar unas monedas sobre la mesa y salir de allí rápidamente.

Sentir el aire contra el rostro le sentó muy bien a Londres. Realmente la idea era un disparate. Se podían echar atrás en cualquier momento. Ambos lo sabían. Pero ninguno se atrevía a decirlo. De todas formas, si habían llegado hasta allí, era tontería desperdiciar las horas que se habían pasado planeando cada paso que dar, cada movimiento que harían. El plan era rematadamente perfecto.

Pronto acabará todo, pensó. Pero tenía una seria duda sobre si podría sujetar un arma debidamente.

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