Ou may god (14)

La vida parecía apacible en Empre S.A. hacía un tiempo. Pero me temo que en realidad me he visto viviendo una temporadita en el ojo del huracán y es tiempo de atarse a una farola antes de salir volando. Menuda fauna más increíble que tengo, de verdad.

Me llama el otro día la jefa de Recursos Homanoides, a quien voy a apodar... qué harto estoy de los nombres con juegos de palabras. Clara la via' llamar. Pues eso, que me llama Clara.

Bzzzzzzzzzz. Bzzzzzzzzzzz.
Ígame.
—Hola. ¿Teseo?
Foy yo. ¿Guien es?
—Soy Clara, de rrhh. ¿Te pillo en mal momento?
Almofando —respondo, y acierto a tragar un trozo del sándwich que me estaba comiendo antes del enturbamiento de la paz—. ¿Qué ocurre?
—Que necesito que le cambies el ordenador a Julián —su asistente personal— que le va muy lento.
—¿A este no le habíamos dejado un portátil de préstamo? —pregunto de memoria, mientras confirmo mis sospechas con la aplicación del inventario.
—Sí, pero es muy malo, mejor un cambio completo. Si puede ser un portátil, mejor.
—Vale, peeeeeeero —dijo mientras me giro a las estanterías que tenemos por almacén— el último modelo que se aprobó no nos queda. ¿Le va bien el anterior?
—¿El de la tapa gris? Sí, ese está bien.
—Va, pues lo preparamos y que esté para mañana.
—Gracias.

Monto una petición rápida en el sistema y le dejo una nota a Rafa sobre la mesa, que anda por algún lado haciendo pruebas en las salas de reuniones y no sé cuando acabará. Me giro a mirar a Dalia:

—¿Un café?
—No puedo, me está volviendo loca la mierda esta de la despromoción del servidor...
—¿Te ayudo? ¿O prefieres el café?
—Mejor el café. Esto yo lo resuelvo por mi santo...

Obvié su última palabra y me dirigí a la máquina a sacar un café. El último proveedor es cojonudo, así que en lugar de tomar esos vasos de tamaño ridículo, voy con un par de tazas, saco cuatro cafés, y reparto el resultado en los dos envases de porcelana. Qué rico.

Pero siempre tiene que venir alguien a joder la marrana. Ni en la máquina respetan a uno. Me llega en ese momento uno de los engominaos de una planta. No voy a mencionar el nivel de estudios que tiene, pero los de educación básica se los deja en casa con bastante frecuencia. No envidio a los que trabajan en su departamento. ¿Cómo podemos apodar a este? Miguel, va.

—Oye, ¿a ti no te había pedido un cambio de la máquina que usamos para diseño?
—¿A tí no te había mandado yo un correo diciendo que ya estaba lista y preguntando cuándo la podíamos instalar? —me vas a venir a tocar los huevos tú. Precisamente tú.
—Joder con los correos. ¿No lo podéis instalar sin más? —dice con bastante mosqueo.
—No, le quité la costumbre desde aquello de "¿Cómo me cambiáis la impresora sin permiso?" después de una petición de un cambio de impresora.
—Bueno, que lo cambiéis. Ya hemos sacado todo lo que había dentro.
—¿Todo?
—Sí, todo.
—¿Seguuuuuuuuro? —insisto. Parece una gilipollez, pero hay gente que cree que el concepto de "todo" es excluyente de algunas cosas.
—Que sí, coño.
—Vale. Ya me contarás cómo te apañas con el W10.
—¿Qué? No me jodas que me has puesto esa mierda —protesta. Si ya sabía yo que...
—¿Y con qué te lo instalo si no?
—Coño, con el Siete. Que el 10 ese es una porquería, todo el rato saltando avisos y cosas y ese menú tan raro.
—Rarísimo —"pero no me refiero al sistema operativo"—. Pues si lo quieres con Siete no lo puedes enganchar a la red.
—¡Coño, y el que tengo ahora qué!
—Por eso. No queremos más Sietes conectados en la red. Vuestro ordenador para diseño es la aldea gala de Asterix.
—Joder. ¿Y cuanto tardas en ponerme el Siete?
—Nada, si eso no se tarda nada —"¿Y cuánto tardaría yo en perforarte el pie si dejo que le caiga encima una gota cada segundo?", pienso mientras calculo la cantidad de tiempo perdido en este tonto—. Te aviso cuando esté.
—Va —dice, y se marcha.
—De nada.

Vuelvo al despachito y pongo las tazas en el microondas. Dalia conoce mi cara de mala leche y prefiere no decirme nada en lo que nuestros cafés podrían convertirse en la fragua de Hefesto, y en ese momento llaman a la puerta. Y entran sin más. Pase, que hay confianza.

—Hola. Tomad —dijo Tania, una chica más de rrhh, cargada con un maletín—. Me ha dado esto Julian para vosotros. que gracias.
—Perfecto —respondo mientras voy comprobando que no falta nada. No os creeréis la cantidad de veces que falta por devolver algún conector o el mouse. Y dudo bastante que lo extravíen.
—¡Ah, y que no hace falta que le montéis un portátil!
—¿Comorl? —pregunto.
—Pues eso. Que habló con Clara y que no le hace falta. Que se apaña bien con el fijo que tiene.
—Bueno, pues una cosa menos —digo mientras hago una bolita con el post-ir que dejé en la mesa de Rafa—. Gracias, Tania.
Ciao.

Se marcha y Dalia me tiende la taza. A pesar del recalentado, el café está rico. Lo degusto en silencio. Puedo entender que en un entorno dinámico como es la oficina haya cambios de planes, que esporádicamente se llegue a un punto que obligue a virar el rumbo casi en dirección opuesta, que el mundo no necesariamente se rige por las leyes de la lógica y el orden y que la improvisación puede suponer una diferencia a mejor con respecto a una planificación. El problema es que llegan las reuniones por objetivos y parece que el departamento de informática se los toca a dos manos. Mentira. El departamento tiene una serie de tareas de las cuales el 50% son tiradas para atrás y se ha tirado por el retrete un tiempo precioso que podríamos haber empleado para algo que las mentes privilegiadas y cuadriculadas definirían como resultados tangibles, reales, producción. Ahora el café me sabe un poco más amargo.

Bzzzzzzzz. Bzzzzzzzzzzz. Paso de cogerlo, suena además en el puesto de Rafa. Bzzzzzzzz. Bzzzzzzzz. Qué pesaos. Bzzzzzzzzz. Bzzzzzzzzzz. Opto por capturar la llamada desde mi teléfono.

Informática, diga. ¿Ha probado a apagarlo y volverlo a encender?
—Hola, soy Nuria, de recepción.
—Hola, Nuria de recepción. Soy Teseo de informática.
—¿Eh? Sí —escucho a Dalia decir "payaso" aunque se ha reído—. ¿Está por ahí Rafa?
—No, no está.
—¿No ha venido? —pregunta extrañada.
—Sí, ha venido. Lo que digo es que no está en la sala.
—Ah. Es que le están llamando de la sucursal de Santiago.
—Vale. Pero sigue sin estar en la sala.
—¿Y qué le digo al de Santiago?
—Que no está en la sala y que ya le llamará luego.
—Vale, gracias.

El informático de Schrödinger. Puede estar y no estar en la sala al mismo tiempo. Si abre la caja y llama alguien con quien le apetezca hablar...

—Oye, ¿has visto el correo? —me pregunta Dalia.
—No. ¿Qué pone?
—Es Clara, de rrhh. Que preparemos el portátil. Y que si no nos hace mucha avería que le dejemos los dos a Julián. El que tiene y el que montemos.
—Gfñmfgsm —gruño—. Va. Dile que vale.

Saco un portátil, lo dejo conectado en red, al igual que el equipo para diseño que me pidió Miguel, y en remoto lanzo dos configuraciones estándar que ya puliré. Lo suyo es que se vayan haciendo. En ese momento entra por fin Rafa en la sala. Por la cara que tiene, le habrán preguntado si pueden instalar Windows en un Commodore. O si pasa algo por cambiar el nombre de la carpeta "C:\Windows" por "C:\Ventanas", o si la elimina directamente porque no la habían creado ellos.

—¿Mucho jaleo? —pregunté.
—Calla, calla... cuatro horas en la puta sala de reuniones, que no se oye, que no nos oyen... y eran los de la otra empresa, que no les funcionaba a ellos —dice. Entre líneas puedo saber que está maldiciendo a toda esa empresa, padres, madres y abuelos incluídos—. Toda la mañana perdida.
—Hablando de mañana perdida... —le cuento la movida del equipo de diseño—. ¿Te importaría acabarlo?

Veo en su rostro una mezcla de hastío y odio hacia la humanidad. Podría corregirle. Si pensara que no tiene razón. Pero en lo que va enredando el equipo a mi me da tiempo a aprovechar a preparar un pequeño despliegue de actualizaciones para por la noche.

Al rato me indica que ya lo ha terminado, y le pido que se ocupe de acabar también el portátil de Julián. Lo podría haber acabado yo de no ser porque un puto paquetito de actualización se ha perdido y me toca volver a descargarlo para que por la noche el sistema no se vuelva loco.

En lo que se va completando la descarga le escucho hablar por teléfono. Se calla. Parece no saber que decir. Me mira con cara de no entender nada. No estoy escuchando la otra parte de la conversación, así que tampoco lo entiendo yo. Dice "vale" un par de veces y cuelga.

—¿Qué le pasa ahora? —le pregunto.
—Que dice que por qué le estamos preparando un portátil. Que no lo quiere, me dice.
—¿Cómo que...? Ay la hos...

Niego con la cabeza. Descuelgo el teléfono. Llamo directamente a Clara de rrhh. Me se la extensión de memoria.

—Buenos días —la escucho decir.
—Hola, Clara, una cosa. ¿Por qué nos has pedido el portátil de Julián?
—Para que se lo cambiéis.
—Ya, es que le hemos llamado y dice que no lo quiere.
—¿Y para qué le llamáis? —pregunta, indignada.
—Bueno, por saber qué había que instalarle. Es que el Curso de Adivinación a Distancia no lo he acabado —escupo la bilis que tengo hace un rato en el cuerpo en forma de sarcasmo.
—Nada, da igual. Con lo básico y punto, y se lo poneis.
—Pues venga. Hasta luego.

Ni me merece la pena discutir más. La conozco muy bien. Así que le pido a Rafa cuando lo tiene a punto que lo meta en un maletín, se lo deje en la mesa o en la silla sin decir nada y salga corriendo, no sea que se lo intente devolver a la fuerza. "Que no lo quierooooooo".

Bzzzzzzzz. Bzzzzzzzzz.
—¿Quién es? —bramo.
—Oye, que soy Miguel.
—Hola. Mira, tengo que dejar esta noche que cargue las actualizaciones, pero mañana...
—Nah, no te preocupes.
—¿Eh?
—Que no hace falta cambiar la máquina. Ya nos esperaremos a acostumbrarnos al W10 y ya si eso la cambiamos entonces.

Y cuelga.

Me quedo mirando el auricular. Sabiendo que Miguel no podrá oírme, me dedico a insultarle mucho como si siguiera al otro lado de la línea. Una vez me he sosegado, entro en uno de los paneles de administración que manejo. Busco su usuario. Lo muevo de directiva. Antes tenía ancho de banda ilimitado. Pues por mis huevos se va a pasar una semana trabajando a 512k.

Si pierdo el tiempo por su culpa, equilibremos un poco el universo. Porque como siga inclińandose en mi contra, me caigo del puto platillo.

Comentarios