¡Odio hablar de mis problemas!

Llevo días que no me quito de esta cabeza que tengo (tan lúcida para unas cosas y tan torpe para otras) una serie de pensamientos que... bueno, que no me apetece analizar ahora mismo, ya me como bastante el tarro por las noches y punto.

El problema viene cuando empiezo a contar estos problemas a los amigos, cuyo efecto es totalmente negativo. ¡Les preocupo!

...

Vale, puede que eso haya sonado raro, pero creo que debería haber quedado claro el motivo con el título de la entrada. No me gusta que la gente se preocupe por mis problemas. Punto. Me siento totalmente incómodo con eso. Odio que la gente cavile sobre mis problemas, y sin embargo, a veces no puedo evitar hablar más de la cuenta y terminar largando lo que querría callarme.

Sé que no es algo sano callarme las cosas, pero entre eso y preocupar a los demás... llamadme raro, pero prefiero lo primero.

Y lo curioso es que al contrario no me importa, si viene alguien... entiéndase alguien que me importe (amigo, familiar) con un problema, no tengo ningún problema en escucharle y darle consejo (sí, soy de dar consejo, eso de escuchar a alguien sin más por compasión, no es mi estilo, lo odio). Pero aún con esas, haciendo lo que se supone que en estos casos de debe hacer (y no por "convencionalismo social" como diría Sheldon Cooper, sino porque me sale de las pelotas hacerlo), no puedo evitar a veces sentirme culpable.

¿Qué busco cuando escucho a la mente? ¿Evadirme de mis propios problemas? ¿Intentar pensar que no estoy tan mal (autocompasión, mi subconsciente parece acodarla)? ¿Mejorar como persona por seguir las normas? No lo se. Normalmente si abro una conversación, y tanto mi interlocutor y yo estamos mal, prefiero que sea él/ella quien empiece con lo suyo, y ya habrá tiempo para lo mio. Hablo demasiado.

De hecho considero que muchas veces lo mejor es cortarme la charla, porque me conozco, y sé que si empiezo, termino poniéndome verde a mi mismo, por gilipollas (¿veis a lo que me refiero?) y me rallo más de lo que estaba al principio, pues en esos momentos mi cabezonería se enciende y deja de receptar cualquier intento de hacerme cambiar de opinión.

Bueno, por lo menos me he quedado a gusto.

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