Apocalipsis Z - La ira de los Justos

Dicen que todo lo bueno tiene un final. Estoy de acuerdo. También dicen que segundas partes nunca fueron buenas, y terceras menos. No estoy de acuerdo. Apocalipsis Z se convierte en una de esas raras excepciones que no se va degradando con cada parte, como al igual que Toy Story. La tercera y última parte de la saga de zombis hace una novela que engancha tanto como las anteriores y al mismo tiempo, deja un buen broche de oro.

Apocalipsis Z: La ira de los Justos se narra en una tónica diferente a la de sus compañeros. Podemos leer más pasajes que no se centran en la figura del abogado (de quien, al final, podemos conocer su nombre... y se hace bastante evidente por el nombre de su esposa), sino en los otros "frentes" del libro.

Al final de la segunda novela, descubríamos con horror que el barco en que el cuarteto protagonista (el abogado, Lucía, Pritchenko y Lúculo -el gato-) estaba vacío al llegar a las costas africanas. En este podemos ver al principio que lograron sobrevivir a una horrible tormenta gracias a la gente del Ithaca, que en seguida les recibe con los brazos abiertos, y prometen llevarles a Gulfport en cuanto consigan suficiente gasolina. Pero ya a bordo del barco algo no va del todo bien: la gente de piel blanca ocupa una parte del barco, y separados por una verja con alambre de espino, los ilotas, un grupo que abarca cualquier otra "raza", y son enviados para enfrentarse contra las hordas de No Muertos.

Al mismo tiempo, conocemos a los dos antagonistas del libro. El reverendo Greenes, un machista fanático religioso convencido de que Dios le ha elegido a él como su Profeta en la Tierra, y en su delirio terminó aliándose con los Nación Aria para que fueran su policía personal, ya que tanto él como esos hombres consideran escoria a los que no son "blancos". Por el otro lado tenemos al coronel Hong, enviado por la nación norcoreana para conquistar Gulfport (sí, Corea del Norte parece ser el único estado superviviente. Ventajas del cierre hermético de fronteras, supongo).

De esta forma, esta última novela está tintada con una feroz crítica al racismo (quién sabe si también a la iglesia), una sátira del nazismo, y un reflejo de lo corrupto del ser humano que siempre ansía el poder. Pero no dejamos de lado a los No Muertos, pues se descubre también que no todo está perdido en la lucha contra los cadáveres vivientes. Tanto la naturaleza como la ciencia han hecho ciertos progresos con el virus TSJ.

Es una lectura quizá algo más dura que la anterior. Normalmente, los protagonistas han tenido el camino menos rugoso en ocasiones anteriores, y a lo que se enfrentan ahora es muy grande para ellos. El reverendo, las consecuencias de la discriminación, y la crisis de la relación que se va cociendo entre Lucía y "su chico" llenan las páginas del libro. Asímismo, la guerra que se desata es como todas las guerras: se cobra víctimas. Y me es difícil perdonar a los autores que matan a sus personajes (J. K. Rowling...).

Una novela dura, un final digno, y la demostración de la excepción. Los estadounidenses serán expertos en género zombi... Pero aquí la gente no se queda atrás. Una serie de libros que se ha convertido en best-seller por derecho propio.

Para Ari




Ella no lo sabía. Nunca nos llegamos a conocer del todo. Pero lo era. ¿Qué era? Guapa. Era indudablemente una Belleza, una belleza natural. Un rostro angelical. Un cuerpo bonito. ¿Se podía pedir más? Que sólo era el envoltorio, de los pocos que mostraba cómo era el interior.
Simpática. Era una alegría natural. Irradiaba buen ambiente. No se podía estar con ella sin sentirse bien, sin sentirse cómodo. Amabilidad. Era la definición de buena persona. Inteligente. Su cabeza estaba muy bien organizada. Artista. Dibujaba con talento y siempre buscaba la mejoría, un afán de superación admirable. Tantas palabras para definirla y tan difíciles de expresar.
Ella no lo sabía. Pero cuando él la conoció, comprendió el significado de la perfección.

Pensaba en dedicarte unas líneas. Y tras darle vueltas, pensé, ¿qué mejor que unas palabras sinceras? Felicidades por tu cumpleaños. “Que tengas un día especial” suena muy típico. Yo te deseo toda una vida especial, de felicidad, de alegría y buenos momentos.
Creo más en las coincidencias que en el destino. Y no puedo dejar de alegrarme por la casualidad que fue conocerte. Eres una persona maravillosa, y me faltan formas de poder expresarlo. No cambies nunca. Sigue siendo tú. Eres muy especial, y me encantas por lo que eres.
Lamento no poder estar ahí contigo hoy. Sin embargo, no me quejo. ¿Sabes por qué? Porque incluso sin fecha, cada día que pasa es un día menos que me queda para verte.
Disfruta de tu día. Un beso y un fuerte abrazo. Y nuevamente, feliz cumpleaños.

“Desconocía qué día sería. Pero había algo seguro. Que sería una ocasión especial, simplemente por ella. Y todo lo demás perdía importancia ante eso”.

Nueva vida, nuevos problemas (III)



 (previously...
Rafa empieza a preparase para encontrar compañero de piso. Una joven rubia se ha detenido a leer su anuncio, y mientras continúa trabajando, recibe una llamada...)

Capítulo III

Intenté relajarme. Era imposible que fuera ella, ¿verdad? Aunque quien sabe. Antes de empezar a tener paranoias, debía mirar la pantalla. Nunca entenderé a los que miran quién les llama pero al descolgar preguntan "¿Quién es?". Es una incongruencia. De forma que saqué el móvil del bolsillo y vi: Primo Alejandro.

Mi primo Alejandro no era ni siquiera mi primo. Primos eran mi padre y el suyo. Pero por o poner líos con los parentescos... y que de toda la vida nos llamábamos de "primo", pues así se había quedado. Aunque hacía tiempo que no sabía de él. Yo vivía aquí en la ciudad, y el se había criado en un pueblo. No era ningún "cazurro", obviamente, pero era más campestre que yo, que me consideraba urbanita. Descolgué.

—¿Qué pasa, primo?
—¡Hombreeeee, Rafaaa! ¡Cuánto tiempo!
—Desde la última vez —afirmé—. ¿Qué es de tu vida?
—Pues de eso te quería hablar —me dijo. Me ausenté a la parte del almacén para hablar con soltura, pues parecía que el jefe ponía la oreja. Cotilla—. Mira, que este año empiezo la uni, y voy a ir a la capital. Estaba buscando piso, y como tu madre me dijo que estabas ahora viviendo sólo... pues pensé, ¿Y con quién mejor que con mi primo?

Iba a tener que hablar con mi madre al respecto de "a-nadie-le-importa-mi-vida". Aunque quizá me había solucionado mi problema sin saberlo. Era un poco de doble moral... decidí no decir nada por esta vez.

—Pues... Me pillas trabajando y ahora mismo no puedo hablar mucho. Si quieres cuando salga...
—¡Si es que ya estoy en el tren! ¡Empiezo la semana que viene! ¡Llego a las seis! ¿Podrías venir a buscarme?

Sí, definitivamente tenía que hablar con mi madre. Concreté con mi primo que iría a buscarle, pero claro, en el Metro. Como para ir en coche. Sin tener coche. Ni carné. Le fue suficiente. Colgamos y volví a mi puesto de trabajo. El jefe parecía ausente, y miraba mucho la puerta. Quizá con la esperanza de que cierta persona apareciera por ahí.

Miré el reloj. Me quedaba una hora para salir todavía. Y nos había llegado un ordenador para reparar. Curioso. Estaba nuevo pero no lo habíamos montado nosotros. O quizá lo había hecho el que venía por las tardes. Pero me parecía más uno de esos "precocinados" que vendían en las grandes superficies comerciales. Lo puse sobre el banco de trabajo y empecé a abrirlo. Un bonito desastre el que había dentro de la caja. ¿Quién había montado así el equipo?

Lo primero era comprobar el estado del microprocesador. Parecía un poco quemado, normal, pues el disipador estaba un poco suelto cuando lo he quitado. Se lo volví a colocar bien apretado. Luego le di la vuelta al ventilador de la caja, que estaba montado al revés. Y un último detalle, el disco duro estaba bocarriba. Debería aplaudir que la máquina arrancara en un primer momento.

Corregidos los fallos, conecté la alimentación, y lo puse en marcha. Corría que daba gusto. Podría hacer la maratón, jejejeje. Una vez estaba listo, inicié sesión y le puse un pequeño programita que me conocía yo para tener controlada la temperatura. Aún me quedaba un rato, y no había mucho que hacer. Me senté en mi silla y me conecté a mi correo electrónico. Sin correos no leídos. Mejor. A la que me fuera debería retirar los tres anuncios de compañero de piso que había colocado, no fuera que me tocara estar unos días respondiendo a la gente para decir que no.

—Bueno, pues creo que por hoy, yo he terminado —dije, después de batir mi récord al buscaminas.
—¿Te puedo hacer una pregunta? —me dijo Aarón.
—Claro.
—¿Te parecía que estaba buena la rubia? ¿Judith? —se corrigió.
—Estaba bien, pero vamos, que no era mi tipo.

Mentira cochina. Pero no tenía ni idea de qué pretendía, y preferí morderme la lengua, por si acaso. El jefe parecía alicaído. Pobre. Quizá esta vez se había enamorado de verdad. En cualquier caso, no era asunto mío. No es que no tenga corazón, es que no dejaba de ser la persona que me daba el sueldo, no era un amigo.

—Buenas, ¿se puede? —preguntó alguien.
—Lo siento, estamos cerran... —empecé.
—¡Adelante, adelante! —me cortó el jefe—. ¡Marisa, qué sorpresa! ¿Qué puedo hacer por ti?

Marisa. Me sonaba de algo. Levanté la mirada. Recordé entonces. Era una mujer de unos treinta años, despampanante, de pelo caoba y unos rasgos que me indicaban que tenía ascendencia asiática. Nunca entendería por qué se llamaba Marisa.Y era una de las mujeres que tenían un "algo" con el jefe. Aparecía, le pedía algo, se veían durante unos días y de pronto, desaparecía una temporada. Y vuelta a empezar. Bien mirado, por lo menos ahora no se acordaría de Judith.

—Os dejo, yo tengo cosas que hacer —dije como despedida.
—'Ta mañana —me dijo el jefe—. ¿Qué puedo hacer por ti, Marisa?

Saqué los auriculares del bolsillo yme los puse mientras me encaminaba al autobús. En el camino, arranqué los papeles del anuncio. Se me hizo más corto el camino que de costumbre. Llegué a mi piso, y subí con miedo. A cada escalón mi mente me sugería cosas que me podría encontrar llamando a mi puerta ese día. Mi casero, un asesino en serie, un equipo de animadoras ninfómanas... No valía. Eso daba de todo menos miedo. Jejejeje.

Miré en el armario, a ver qué podía hacerme de comer. Pasta, arroz, latas de atún... Sí, debía admitir que empezaba a necesitar alimentarme más en condiciones. Pero de momento, fideos instantáneos. Que nunca entenderé lo de "instantáneos". Ya me toca calentar el agua, pero bueno. "Fideos Calienta Agua y Espera Tres Minutos" no debe sonar muy comercial. Yo es que de publicidad no entiendo.

Eran las cinco y media cuando salí de mi casa para ir al aeropuerto. Caminé diez minutos hasta la entrada del Metro. Aún así, llegaría a tiempo. Chamartín estaba cerca. Y seguramente el tren no llegaría a la hora exacta. La ley de Murphy me decía otra cosa, pero tenía confianza en que mi instinto de haber usado el tren casi a diario durante años me apoyara.

El problema del Metro era la falta de cobertura. Por suerte, tenía la música. "Mz. Hyde" de The Pretty Reckless sonaba en mis tímpanos. Aunque me daban ganas de desconectar el volúmen y ponerla a todo trapo. Así los reguetoneros aprenderían lo que es la buena música. Pero no era mi estilo el de ir tocando los huevos. Sólo era un acto reflejo, cuando me lo hacían a mi.

Me quedé esperando al lado de la puerta principal a ver si veía a mi primo. Por algún motivo, me pregunté si iba a quedarse en navidad o se iría y volvería. ¿Y a mi qué coño me importaba? Me corregí, pues tenía que ser más amable con la gente y más con la familia, que es todo lo que tenemos. Intenté pensar en positivo. Puede que aquello fuera bien. Qué demonios, eso podía salir rematadamente bien. Quizá no tanto, pero hay que apuntar alto.

—¡Primo! —me saludó alguien.

Y en ese momento, me vi levantado por los aires por mi primo Alejandro. Tenía dos troncos por brazos, la cara afeitada, y el pelo peinado hacia atrás, con una generosa dosis de gomina. Después de que me crujieran dos costillas, le pedí que me soltara, y tomé aliento al aterrizar.

—Qué bruto sigues siendo, jodío —le dije, tendiéndole la mano—. ¿Cómo va?
—Pues como siempre —respondió él, chocando su mano con la mía. Todavía siento dolor al recordarlo—. Vaya viaje más largo. ¡Tenía ganas de estirar las piernas!
—Pues menos mal que venías en tren —ironicé—. No te imagino haciendo el viajecito en autobús.
—Ni que estuviera loco. ¡Bueno! ¿Me llevas a tu mansión? ¿O debería decir tu picadero de soltero, pillín?

Decidí no corregirle. Ya se daría cuenta con el paso de los días que no era un picadero de soltero, ni yo un ligón de ciudad, y que la única mujer que había pasado por allí desde que me mudé era mi madre para decirme que comiera bien, que tuviera cuidado, y que en la puerta del colegio había un señor malo que repartía caramelos con droga. Tiró él sólo de su equipaje, y nos dirigmos de nuevo al Metro. Creo que gruñó por tener que meterse en otra versión de tren. No era para menos, tras el largo viajecito.

Durante el trayecto me estuvo contando sus intenciones de hacer periodismo. O eso creo, no le prestaba mucha atención. Al otro lado del vagón juraría haber distinguido el característico pelo de Judith... pero cuando se puso en pie para irse le vi la cara, y ni siquiera era una mujer. Era un chico que casualmente llevaba el mismo peinado. Agh.

Cuando salimos del Metro caí en cuenta de que necesiaría algo más. Le pedí que esperase un momento mientras entraba en la ferretería y le hacía unas copias de las llaves. No porque no quisiera que entrara, sino que con las dos maletas y lo pequeña que era la tienda, no iba a caber el oxígeno.

Subimos al piso. Había tenido la precaución de no dejar nada de por medio para dar mejor impresión. Me daba miedo que le diera por llamar a mi madre diciéndole que vivía como un indigente o cualquier tontería. Alejandro le echó un vistazo al piso y no le faltó el comentario.

—¡Un poco pequeño para los dos, ¿no?! — "Cuando vivía sólo tenía espacio de sobra", me dieron ganas de replicarle—. ¿Así cómo van a entrar las tías?
—Pues por la puerta —le respondí—. Vete a deshacer la maleta, anda, y deja de quejarte.

Le acompañé a su cuarto y luego me metí en el mío. Empezaba a arrepentirme. Pero me iba a tocar aguantar con ello. Busqué el contrato de alquiler actualizado para llevar el pago a medias.

—¿Qué mierda de cocina es esta? ¡Vamos a tener que ir a comprar!

Suspiré. Mi espacio invadido, joder. Pero bueno. Intentaría sacar algo en común con él. Quizá la compañía no estuviera tan mal. Obviamente, al igual que él, preferiría tener compañía femenina para convivir. Y lo que no era convivir. Pero aquí era donde me tocaba estar. Me daba en la nariz que iba a ser una convivencia muy larga.

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Apocalipsis Z - Los días oscuros

Una semana después de la lectura de Apocalipsis Z: El principio del fin he leído la secuela, Los días oscuros. La segunda parte de la (genial) trilogía zombi escrita por Manel Loureiro. El libro nos sitúa inmediatamente después de los escalofriantes hechos de la primera novela, con el grupo de protagonistas que intentan llegar a Tenerife, uno de los pocos Puntos Seguros que quedan en el planeta.

Continuamos siguiendo las aventuras del abogado sin nombre (parece haber empeño en que el lector no lo sepa), que continúa realizando la narración en primera persona, así como su compañero Pritchenko, el mejor amigo (y único) que tiene en el mundo postapocalíptico, y el gato Lúculo, que en este relato ha pasado a un discreto segundo plano. Además, cuentan también con sor Cecilia, una monja que ayudó durante los días del caos, y Lucía, una chica de diecisiete años, a quienes el abogado y Prit conocieron al final de la novela anterior, terminando el pasaje el hospital Moixeiro. El personaje de Lucía juega un papel importante, pues siente atracción recíproca hacia el abogado.

Así pues, en la historia vemos al quinteto proseguir su vuelo para llegar a las islas Canarias, a Tenefire, uno de los pocos lugares que se supone que siguen seguros. De esta forma, tenemos en la primera parte de la novela el relato de este viaje, en la que el grupo intenta llegar con vida a su objetivo. No serán pocas las penalidades que pasarán, hasta ser rescatados por Marcelo y Pauli, dos soldados de lo que queda del ejército español, que está operando en Tenerife. Un inicio ágil, que nos permite prepararnos para saber que la llegada a la isla no es el final, ni mucho menos.

A continuación tenemos la segunda y tercera parte de la historia, intercaladas entre sí, en base a una agresión sufrida por sor Cecilia. El abogado y Prit son llevados a Madrid, por su experiencia tras un año sobreviviendo entre los zombis, a cambio de tener una posición relativamente privilegiada. Lucía, por su parte, se queda en tierra.

De esta forma, abandonamos el "formato blog" de la primera novela para el estilo capitular que suelen tener las novelas tradicionalmente, ofreciendo una narrativa en primera persona en los pasajes protagonizados por el abogado, a una tercera persona (sobjetiva, eso sí) en los pasajes de Lucía. De esta forma vemos los problemas a los que "la chica del abogado" (como él la define), intercalados por una sesión, si bien menos gore, de intenso miedo durante el trayecto en Madrid para recuperar la mayor cantidad de medicamentos para la isla.

Y no sólo eso. Así mismo, tenemos algunos fragmentos más en tercera persona. Uno de ellos, haciendo el seguimiento de uno de los No Muertos que intentan atacar al grupo, y algún otro protagonizado por Basilio Irisarri, uno de los villanos del libro. De esta forma, el cambio de formato no perjudica a la novela, sino que en cierto modo, la enriquece.

También es recalcable la historia política de fondo, que no obstante tiene gran relevancia en la historia, con las consecuencias que ha tenido la monarquía, habiendo actualmente dos bandos de personas: los froilanos (fieles a Froilán, el rey) en Gran Canaria, y los republicanos, asentados en Tenerife. La guerra civil entre ambos bandos también recorre las páginas del libro, desconociendo siempre quién puede ser un aliado o un traidor de los miembros del grupo.

Zombis, tintes políticos, acción, y la revelación del origen (bastante realista, en mi opinión) del virus que acabó con la humanidad tal como era conocida, añadido a un final que da un giro entre sus últimos capítulos, que deja con las ganas de devorar (nunca mejor dicho) el tercer volúmen de la trilogía.

Hablando en la COPE de Minecraft



Pues sucede que hace un par de semanas, recibí un mensaje en el Facebook de mi blog. Eran los chicos de la COPE, que me ofrecieorn la posibilidad de hacerme unas preguntas acerca del juego "Minecraft" para una sección de Campus COPE. Y he aquí el podcast del programa:


La parte en la que se habla de Minecraft es desde el minuto 24:05 hasta el 30:42.

Para curiosos, el enlace a la Minecraft Wiki es este:


sí, hay varias Minecraft Wiki más, pero en Wikia fundé esta, aunque actualmente no participo activamente. Prefiero jugar ;)

Nueva vida, nuevos problemas (II)



 (previously...
Rafa trabaja por las mañanas montando y repadando ordenadores. Un día, le suben el alquiler de su piso y asume que necesita un compañero para costearlo. Ese mismo día, una joven rubia le llama la atención.)

Capítulo II

Tener que buscarme un compañero de piso estropeaba mis planes de independencia. Mi idea al irme de casa de mis padres era montarme un piso de soltero, con fiestas repletas de tías buenas cada noche... Bueno, en realidad, con poder moverme como me apeteciera y tomar mis propias decisiones me conformaba. El compañero de piso supondría un cambio en esa "política nueva" de mi vida, por aquello de la convivencia y tal. Y si tenemos en cuenta que la convivencia puede convertir a la gente en insufrible... O quizá lo somos todos de serie, pero ahí es cuando más se manifiesta.

En cualquier caso, debía poner un anuncio. "Se busca compañero/a de piso, serio, responsable y económicamente estable. Piso situado al este de la ciudad, en la C/ Morriña, 2º piso, letra B. Llamar al 6YY 7YY 8YY o enviar un correo a rafa@nvnp.es. URGE". No era el mejor anuncio que alguien habría, pero era lo que necesitaba, de forma que suficiente. Lo imprimiría al día siguiente en la tienda. Quizá cuando lo viera el jefe se apiadase y me subiría un poco el sueldo... Jejejeje, me entró la risa sólo de pensarlo. Pensé en echarle un vistazo al agregador de noticias para despejarme... "Asesinato. Mata a su compañero de piso por..." ¡Joder, me van a dar el día hasta aquí!

Lo mejor era no pensar en ese momento. El hecho de tener que entrevistarme con alguien me apetecía tanto como tomarme una cocacola aguada. Pensé que lo mejor era llamar a mi amigo Roberto y tomar algo. Necesitaba hablar con alguien.

—Te dije que era muy precipitado que te fueras a vivir tu sólo.

La primera, en la frente. Había quedado con Roberto y estábamos en una cafetería, en plena avenida. Unas buenas vistas... hacia la cantidad de tías buenas que iban por la calle. La mayoría iban vestidas con un aspecto "normal", pero siempre había alguna con camiseta holgada. O minifaldas que parecían más bien un cinturón. Madre mía.

—Ahora que ya ha pasado el "te lo dije", ¿qué me aconsejas? —le pregunté—. Tengo que buscarme un compañero de piso y eso no es fácil. Y lo sabes, que estuviste tres años buscando uno... Para al final irte a vivir con Sara.
—Sí, deberíamos haber empezado así —admitió él, y dio un trago a su cerveza—.En cualquier caso, deberías ponerte las pilas con la búsqueda. Un mes pasa muy rápido.
—Gracias por no presionarme. Qué haría yo sin ti —respondí, irónico.
—Siempre contigo. De todas formas, tengo algún compañero en el curro que quizá esté buscando piso para compartir. Puedo comentarlo a algunos, a ver si a alguno le apetece.
—A ver a quién me vas a presentar...
—Pues uno se parece bastante a ti...

Yo viviendo con yo. Sabiendo cómo soy yo. Me terminaría matando, y no necesariamente yo, sino el yo que no soy yo. Bueno, no era momento de pensar en gilipolleces. La oferta era tentadora, pues sabía que Roberto no tenía mala fe conmigo. Algo falto de formas en algunas ocasiones, pero era un tío legal.

—¿Y qué tal el curro? —me preguntó, cambiando de tema abruptamente.
—Monótono. Pero con la que está cayendo, no puedo protestar... mucho. Aunque tengo que empezar a pensar en algo más que microinformática.
—¿Programación?
—Sistemas.
—Buena elección —me aseguró él—. Programación es bonito, pero también se puede hacer monótono.
—Aunque me pondré a ello con calma cuando solucione lo del compañero de piso. Prioridades.
—Haces bien. Por cierto, —dijo, consultando el reloj—, yo debería irme. Sara va a salir ya del trabajo.
—¿Tengo que ponerme celoso? —bromeé.
—Tú mismo, pero saldrías perdiendo.

Reímos. Llamé al camarero educadamente ("Eh, figura" con la mano levantada) , pagamos, y nos levantamos para irnos. Me puse la chaqueta, y tras verificar que no se me había caído nada de los bolsillos (llaves, cartera, móvil), fuimos a la puerta. Entonces escuché de nuevo esa voz.

—¡Hasta luego, Rafa!

Me volteé, y allí estaba. Judith. La chica que había visitado la tienda aquella mañana. Estaba tomando un café con otra chica que no reconocí, pero estaba buenísima también. Qué maja por su parte, acordarse del "becario". Maldije mentalmente a mi jefe.

—¡Hasta luego! —dije, devolviendo el saludo. O la despedida. Lo que fuera.
—¿No me la vas a presentar? —dijo Roberto, con choteo.
—Una clienta que ha venido esta mañana a la tienda. No hay mucho que presentar —respondí—. Creo que Aarón ya ha intentado meter ficha. Mientras yo metía un Windows en un equipo.

Roberto negó con la cabeza, riendo. Estrechamos la mano en señal de saludo y nos separamos. Él tenía cosas que hacer, y yo también.

En cuanto llegué al piso, lo primero que hice fue lo que necesitaba para tener compañero de piso: llevarme todas las cosas del otro dormitorio. Eso iba a significar una reducción de espacio significativo en el mío. Básicamente, una colección de libros, y mi modesta videoteca de películas y series. También había algunos CDs, pero eran los menos: fue de lo primero de lo que prescindí con la llegada del peer-to-peer.

Llevé todo a mi dormitorio, que estaba ahora de cualquier forma. La cama, cuyo tamaño estaba entre una individual y una de matrimonio; el escritorio, sobre el cual reposaba mi portátil; la silla, porque no he aprendido a sentarme en el aire; y el armario, donde almacenaba... la ropa, claro. Suspiré. Necesitaría estanterías... pero eso era dinero, y ahora no me lo podía permitir. Me las podría hacer yo, claro... si tuviera alguna idea sobre bricolaje. De forma que improvisé algo temporal: una tabla de madera que (por algún motivo) tenía por la casa en el suelo, y encima, en tres montones, los libros y los DVDs apilados unos encima de otros. Arreglado.

Esa noche cené con unos episodios de Lie to me en la televisión, de mi videoteca. Pensé cuantos días me quedarían así, disfrutando de mi propia compañía. Volví a suspirar. A ver quién aparecía.

Al día siguiente, aterricé en la tienda, pero el jefe ya estaba allí. Tuve que contener una carcajada. Aarón, que normalmente venía en vaqueros y camiseta, hoy se había presentado en camisa, y con un pantalón de no se qué material, pero elegante. Bueno, elegante si lo hubiera llevado puesto cualquier otro. A mi me pareció que estaba ridículo.

—Buenos días —me saludó—. Hoy hay mucho trabajo que hacer, tendremos que ponernos las pilas.
—¿Nervioso? —le pregunté.
—Un poco. ¿Tú viste cómo estaba la tía?
—Me fijé vagamente —mentí, quitándole importancia. Me quité la chaqueta y me encaminé a mi mesa. Un portátil roto, y una nota. "Sacar toda la información del disco duro a uno de sobremesa nuevo, con estas características... cliente tal, número cual". Manos a la obra pues.
—¿Qué debería arreglar? Algo que de buena impresión... —empezó a divagar mi jefe en voz alta.

Entretanto empecé a montar el ordenador nuevo. No quería lo mejor del mercado. Algo funcional que sustituyera su antiguo cacharro. Me pregunté cual sería el destrozo... Y lo comprobé cuando lo abrí por curiosidad: ostiazo. Pantalla y teclado rotos, y con toda probabilidad, algunas piezas internas también habrían caído. ¿Cómo puede tratar la gente así sus aparatos electrónicos? Si parece que ha estado en un fuego cruzado.

Por lo menos el disco duro (parece que) está intacto. Lo desmonto y lo dejo aparte mientras continúo el montaje. Y entonces me acuerdo. El anuncio.

—Aarón, necesito un favor...
—Dime —respondió él. Dudé que me estuviera escuchando. Parecía distraído, y miraba la puerta constantemente.
 —Necesito imprimir un anuncio, estoy buscando un compañero de piso.
—Muy bien, muy bien.
—Y anoche me dio por asaltar el vertedero municipal y les dije que actuaba en tu nombre.
—Perfecto, perfecto...
—¡Jefe! —bramé, y di una palmada frente a su rostro—. Que te estoy hablando.
—Ay. Que sí, que imprimas. Total, si no lo haces se me va a secar la tinta de la impresora.

No sabía si era un acto altruista o tacañería. O que su cerebro estaba desactivado y pensaba con la parte de abajo, que también era posible. De hecho, era más que posible. Pero bueno, tenía permiso. Conecté el pendrive a mi equipo de trabajo y lo envié a la impresora. Cinco folios, con el anuncio cuatro veces por página. Más que suficiente, pensé.

Mientras la impresora sacaba los papeles, continué mi trabajo. Puse la instalación de Windows en marcha, y en cuestión de unos minutos (muy largos), estaba instalado. Configuré los drivers. En este tiempo habían venido un par de clientes. Aarón les atendió rápidamente en vista de que yo ya tenía lío. Era obvio que quería atender a Judith apenas apareciera. Aunque en mi impresión, daría mejor imagen una tienda plagada de clientes.

Estaba empezando a pasar los archivos del disco duro del portátil al nuevo equipo cuando apareció ella. Parecía que desprendía belleza y luz solar. Pensé que estaba más guapa que el día anterior incluso. Aarón volvió a adelantarse.

—Buenos días —dijo. Tuvo que evitar no descojonarme allí mismo. Le cogió la mano y se la besó—. Ya ha llegado el pedido.

Un momento... pero si el repartidor aún no había aparecido... ¡Qué cabrón! Tenía una guardada, pero así tenía la excusa para volver a verla. Joder. Y bien pensado, una jugada maestra. Así podía venir elegante. Pero, sin ser experto en mujeres, me atreví a pensar que la chica no estaba recibiendo los encantos del jefe.

—Menos mal. Necesitaba tenerla ya —dijo ella, mientras la sacaba de la caja—. Me dijo que ya venía preinstalada una app ofimática, ¿verdad?
—Efectivamente —dijo Aarón.

Mientras estaban charlando, le dije al jefe que salía un momento a dar una vuelta. Con algunos panfletos en la mano y el celo, coloqué tres de los anuncios alrededor de la calle. Una en cada extremo, y la tercera, en la propia tienda, en el escaparate. Por si acaso. Volví a entrar, y aprecía que Aarón estaba en apuros.

—Voy a poner una queja —dijo, con una sonrisa que denotaba nerviosismo—. Me dijeron que la traía de fábrica...
—¿Puedo echarle un vistazo? —pregunté con calma.

Me tendieron la tablet. Como me temía, la app sólo tenía la versión gratuita, que permitía ver documentos, pero no editarlos. Me la llevé distraídamente a mi equipo, y revisé la lista de apps "extraoficiales" que guardaba. Transferí el archivo de instalación con el USB y en menos de cinco minutos, ya estaba hecho.

—Muchas gracias —dijo ella, alegremente. Me sonrió de tal forma que pensé que me iba a derretir.
—Si es que le he enseñado muy bien —apuntó el jefe, intentando anotarse el tanto.
—Si vuelvo a necesitar algo, ya de a dónde venir —dijo Judith— Muchas gracias. ¿Cuanto es al final la tablet?

Pagó en efectivo, volvió a guardar la tablet en la caja, y la metió en una bolse que le tendió el jefe. Tras despedirse de ambos, salió de la tienda. Y antes de alejarse, se paró un momento para leer el anuncio que había puesto yo apenas un cuarto de hora antes.

—¿Estaría mal que usara sus datos de cliente para hablar con ella? —me preguntó el jefe.
—Creo que sí. Pero pregúntale a un abogado. Al fin y al cabo, yo solo soy becario, ¿no? —dije en tono jocoso, aunque no pude disimular un poco de satisfacción en la frase.

Aarón me dijo que se iba a cmaibar de ropa y volvía enseguida. Yo me dispuse a llamar al cliente del ordenador y después, a añadirle una tarjeta gráfica a otro equipo. Aún me quedaba un rato para irme, pero en cierto modo, había sido uno de los mejores días que había pasado en la tienda. En ese momento, noté una vibración en mi pierna. Mi teléfono. Alguien llamaba.

Apocalipsis Z - El principio del fin

Dicen que no sabemos copiar a los estadounidenses. Bueno, dicen "a los americanos", pero es una palabra demasiado general, y todos sabemos que nos referimos a los señores del dólar. Y es cierto. Ejemplos lo hemos tenido con la serie Piratas, que parecía inspirarse de alguna forma en Piratas del Caribe, o cuando se estrenó el remake de la serie Cheers. Pero en toda regla existe una excepción, y es esta.

Es obvio para quien me conozca o me lleve leyendo durante algún tiempo que el género zombi es de mis preferidos. He reseñado The Walking Dead, la película de Guerra Mundial Z y el anime de Highschool of the Dead, y vistas pero no comentadas tenfo Resident Evil, Amanecer de los muertos, Shaun of the dead... Y ahora, la más reciente: la novela Apocalipsis Z: El principio del fin.

Y es que si esta narración española se ha convertido en un best seller lo ha hecho por méritos propios. Y lo dice uno que suele "renegar" de esas cosas que se ponen tan de moda. Pero lo tenía en mi "lista de lecturas pendientes" y gracias a un compañero del curso de Windows Server he tenido la ocasión de leerlo (tiempo récord, en una semana). Desde aquí le agradezco ya haberme entretenido con esta lectura.

Y aunque puede ser cierto que, en líneas generales, la historia es básicamente el seguimiento de un protagonista que de pronto debe enfrentarse a hordas de No Muertos (que es el término que este emplea), la narrativa en primera persona de la obra de Manel Lourelio lleva esta clase de historias a un nivel que va "un poco más allá", metiéndonos literalmente en la cabeza y pensamientos del protagonista.

Este, un abogado del que (por lo menos en esta primera parte) desconocemos su nombre, ha empezado un blog por consejo de su terapeuta (que muy pronto deberá cambiar por papel y bolígrafo), el 30 de diciembre, día en que apenas escucha algo por la radio de disturbios por países de Europa del Este. A su regreso, las noticias sobre las indicencias en esa parte del mundo empiezan a ser más preocupantes, y el abogado no descarta que pueda haber algo más. Según se suceden las entradas y los días, la situación empeora: la gente se pone enferma, aumentan los problemas, empiezan a cerrarse las fronteras en determinados países, regresa la ley marcial... y llega a España.

Novela española, autor español (de Pontevedra, para ser más exactos) era necesario que el abogado estuviera sito en Galicia. Tras intentar recatar a su hermana de Barcelona, regresa a su hogar donde decide quedarse el mayor tiempo posible justo antes del gran final. La gente está siendo llevada a Puntos Seguros, pero él "se hace el sueco", quedando en casi total soledad. Su único amigo, su gato Lúculo, con quien pronto deberá abandonar su hogar, en medio de las criaturas no muertas que han infectado el país entero, y el resto del planeta. Su necesidad de encontrar regufio, alimentos, y sobre todo, gente con quien socializar, le lleva a dejar atrás la seguridad de su casa e infiltrarse en las peligrosas calles del mundo que en su día estaba tranquilo.

De esta forma, el abogado va narrando su viaje a través de los días, cuando va encontrando un rato oportuno en el cual escribir. Ya dentro de la novela podemos distinguir tres fases: el origen del problema, la aventura en las calles de Vigo, y la aventura en el hospital Meixoeiro. A través el viaje, compartimos con el protagonista sus sentimientos: su temor, su necesidad de encontrar gente, su instinto de supervivencia, sus sustos, sus reacciones al contemplar a esas cosas que en su día eran seres humanos.

Pero no estará solo (todo el tiempo). En su aventura viaja con el gato Lúculo (que siempre logra relajar un poco la tensión, y no tarda en encontrarse a un grupo de marineros en Vigo, de quien destaco al capitán Ushakov, y a un nuevo aliado, Pritchenko, un ucraniano que se convierte muy rápido en el aliado y compañero del abogado.

La aventura de Vigo lleva al abogado y Pritchenko, rodeados de soldados, a la búsqueda de un misterioso paquete, abandonado en una empresa de mensajería local que necesita Ushakov. A través del largo pasaje, comprobamos cómo el apocalipsis ha devastado las ciudades, y cómo sobrevivir y mantener la calma en situaciones de estrés no siempre es posible, y menos con unos cazadores tan implacables como unas criaturas a las que sólo les llaman unos instintos que no quedan del todo claro.

La aventura en Meixoeiro, por su parte, nos adentra en lo desconocido y el miedo que causa. Un incidente obliga al abogado a llevar a Prit a un hospital, pese a sus miedos a que incluso allí dentro hayan llegado las criaturas. El ambiente de la tormenta de la noche, y los No Muertos rodeando el hospital, confieren un auténtico pasaje del terror en mayúsculas. Si las luces tintineantes de una película zombi dan miedo, la oscuridad casi plena en las páginas de un libro pueden cortar la respiración.

Vertiginoso, con acción, con chicha. Un libro que no llega a aburrir. Una lectura amena, bien construida, con ciertas dosis de humor macabro y comentarios mordaces (motivo por el cual me gusta tanto el protagonista). El primero de una trilogía que espero continuar leyendo muy pronto. Para amigos de los zombis, y/o de una buena lectura, este libro cumple con los dos requisitos. Y muestra que, por una vez, sí que sabemos copiar a los norteamericanos, con un resultado más que satisfactorio en un género que cada vez parece más complicado mejorar. Pero lo hace.